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Relatos cortos

Musas en la habitación

Las persianas cerradas, lo necesario para dejar pasar algo de luz, lo justo para no asustar inútilmente a la inspiración. Como compañera de batallas, una taza del café de ayer. El teclado marca la ruta de sus dedos, el sinuoso repiqueteo que le llevará a la siguiente escena. Entretanto, una canción volatiliza todos los excesos, haciendo desaparecer el ruido de allá afuera.

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El ambiente está cargado del humo de la impaciencia y de los sueños de grandeza que se evaporan cuando se trata del trabajo duro. En el fondo, no le importa nada. Solo desea continuar con aquel universo que ha comenzado a construir. Quiere fijar los ladrillos con meloso cemento grisáceo, quiere atar los pilares de su fantasía a la realidad a través de sus palabras. Palabras que revolotean, que se diluyen si nadie las pronuncia o las escribe.

De pronto, cierra los ojos, cansados de enfrentarse a sí mismos y se deja llevar por la melodía rugosa que la radio ha escogido para ese preciso instante en el cosmos. Un cosmos que se hace y deshace con el simple parpadeo de su mirada derretida en la pantalla, en lo que siempre fue su vida. Deja de escribir y siente cómo aquella voz metálica le cuenta lo que siente. Ha sido más rápida en escoger los vocablos adecuados, en rimarlos, en conjugarlos, en maridarlos, en empastarlos y crear. Crear. De eso se trata, a fin de cuentas.

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Acaricia sus ideas, dibujadas en píxeles diminutos como el primer estadio material de la esencia misma de sus entrañas. Ha sido una jornada intensa. Demasiado. Prácticamente está conversando con el receptor, aplaudiendo frases poéticas y armónicas, sintiéndose resurgir de las cenizas que dejó su pasión. Pero no sabe existir de otro modo. Así es el autor, el artista, el escritor. Así aprendió a expirar, así escogió sobrevivir en un mundo que no siempre comprende.

Se reclina en una silla que protege sus riñones y toma distancia con la última oración. Penúltima de aquella tarde. El aura vaporosa de todo lo que fue, de todo lo que es, arrullado por una caricia radiofónica más amable que sus dudas, ha propiciado esa combinación final de letras. Ha engrasado su certeza de que es, efectivamente, el modo perfecto de dejarse llevar por su propia obra. Así lo siente, así lo cree. Y como creyente que es de sus propios delirios, se embarca en esa afirmación a la que regala un pedacito más de su alma cuando ni siquiera sabe si queda algo de ella.

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María Reig

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