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Relatos cortos

La mazmorra

Las extremidades agarrotadas del desuso. Mueve los hombros para recuperar el control de su cuerpo. Abre los ojos para comprobar que sigue existiendo, que continúa viviendo contra todo pronóstico. Cuando lo hace, nada más que oscuridad alrededor. El olor a humedad se ha enquistado en sus sienes palpitantes y revolucionarias. Un zumbido le cuenta que está sol@, pues es el ruido del silencio asfixiante de quien no tiene nada ni nadie a su vera.

No es ni hombre ni mujer, solo persona, sentimiento puro encarcelado en una prisión hecha de rocas llagadas de golpes, barnizadas con agua y hundidas más allá de la consciencia. Araña el suelo con las uñas, chillido de rabia en forma de líneas zigzagueantes en el barro que sostiene su esqueleto cansado, y se pregunta por el sendero que siguió hasta llegar ahí. Hasta la mazmorra.

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Busca algún hueco por el que se cuele la fe, en forma de halo de luz, en esa estancia en la que no existe contenido o continente de libertad. No lo encuentra. En su garganta solo queda un susurro de ira por no haber sido capaz de prever ese desenlace. ¿Por qué no había logrado evitarlo? Había oído hablar de la mazmorra en infinidad de ocasiones, pero jamás creyó que fuera a ser uno de sus cautivos.

En la mazmorra no hay sueños, solo destrucción.

No hay opciones, solo certezas de negación.

No hay ilusión, solo vacío.

No hay vida, solo muerte.

No hay decisión, solo aceptación.

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Mientras recuerda antiguas leyendas que advirtieron a su yo pasado de la existencia del lugar en el que ahora pierde su identidad, despereza sus piernas, alza su valentía al cielo de piedras purulentas que contempla su rendición. Las manos, inútiles, se arrastran, agarran, aprietan la única esperanza que habita en ese calabozo. Siente el latir de sus temores desbordando sus pulmones, pero decide reptar hasta la hermética salida. No puede llorar, ya no sabe, ha olvidado cómo se hacía. Qué ironía.

De pronto, al fondo de la nada, se escuchan unos pasos venir. Las dudas muerden su confianza y cesa en su empeño por abandonar la mazmorra. El roce de las suelas de unos zapatos anónimos se oye in crescendo, alertando de una cercanía cada vez más palpable. ¿Quién será? ¿El cancerbero? ¿El verdugo encargado de terminar con su futuro? Gime de miedo y destensa sus brazos, abandonados al sino que le ha impuesto esa prisión mortecina.

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Entonces, la puerta cruje y barre el umbral hasta quedar completamente abierta. El calzado sin nombre avanza y entra. Quiere descubrir sus facciones, quiere suplicar una última oportunidad, quiere regresar a la luz. Clava sus rodillas, sintiendo cómo se funden con la dureza, con las irregularidades, los picos y los llanos. Sus palmas se convierten en su único punto de apoyo, se incorpora para afrontar la función final.

Pero cuando su vista se enfoca en las tinieblas, al tiempo que la fatiga le hace flotar, se percata de la verdad. El guardián de la mazmorra tiene su mismo rostro, tiene sus manos y sus pies, lleva su nombre, usa su voz, comparte sus recuerdos, su origen, su culpa. El vigilante de la cárcel es el prisionero.

De la mazmorra, solo se puede salir cuando decides dejar de entrar.

Porque sólo tú te encierras en ella.

Porque sólo tú eres capaz de liberarte.

Porque sólo tú tienes la llave.

Porque la mazmorra, a fin de cuentas, siempre eres tú.

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María Reig

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1 comentario en “La mazmorra”

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