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Relatos cortos

Las maletas en la puerta

“Todos durmiendo en paz y yo, con las maletas en la puerta”.

Aquella frase a medias resonó en la mente de Natalia. No había nada de malo en aquellos tres bultos marrones esperando a ser recogidos por sus manos. No lo había ¿verdad? Miró alrededor. Los escasos rayos de luz que ya había comenzado a escupir el sol entraban zigzagueando por las rendijas de las persianas. Todo estaba en calma.

Durante tres minutos, o más, se quedó extasiada. Uno de aquellos hilos luminosos había secuestrado toda su atención lo que, en realidad, resultaba ser la excusa más sencilla que se le había ocurrido para permanecer allí un poco más. En casa. ¿Podría seguir llamándola así cuando cruzase el umbral o perdería ese derecho para siempre? El sonido de la puerta cerrándose era el siguiente capítulo a una vida que, por lo pronto, se había forjado en aquel chalet adosado a las afueras de Granada.

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Los muebles habían comenzado a hablarle. ¿Por qué habían esperado hasta ese instante? ¿Por qué no les había escuchado antes? ¿Siempre fueron tan perfectos? Los echaría de menos. Incluso a aquella cómoda contra la que se estrelló cuando cumplió cuatro años en medio de aquel accidentado pilla-pilla con su prima Claudia.  ¿Y qué decir de aquellas escaleras? ¿Cuántas discusiones con su hermana pequeña podía contar? La mejor de todas había sido la que había versado, durante más de media hora, sobre quién había roto los cascos del Ipod. Ambas comenzaron a tirar del cable mientras descendían por los peldaños hasta que los auriculares no pudieron más. Del rojo rabioso, sus caras, pasaron al blanco asustadizo y, después, al colorado risueño.

Se rio.

Tampoco quedaba atrás la que tuvo como eje central la intolerancia mutua a la música que escuchaba la otra. “¡Deja de poner una y otra vez esa odiosa canción! ¡No la soporto!” “Me pondría los cascos, pero como los rompiste…” “Yo no los rompí” “Sí” “¡No!” “Dios, ¡qué ganas tengo de irme de esta maldita casa para poder poner mi música a todo volumen”. Sus pestañas se acariciaron al cerrar los ojos de arrepentimiento.

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El rumbo de su mirada viró ligeramente. En la cocina, sí, en aquella cocina en la que todavía flotaba el olor de la última tortilla de patata, había pasado horas y horas con su padre. Él le había ayudado con Filosofía y Literatura. También con Matemáticas, pese a que su habilidad para el Cálculo era más que discutible. Algunas tardes, habían deseado aniquilarse el uno al otro en una combinación explosiva de impaciencia e incomprensión. Pero no lo habían hecho. Habían resistido. Como con tantas otras cuestiones desde hacía veintitrés años.

En la misma mesa, a veces escritorio, a veces punto de debates, a veces almacén de quejas, cenaban cada noche los cuatro. Cada una de las charlas que se habían sucedido regresaron para quedarse en sus oídos. Podía escuchar su eco. Las anécdotas del día, las reprimendas de su madre, las advertencias de su padre, los lloriqueos de su hermana ante su absoluta negativa a comerse las acelgas, las risotadas a coro, los “yo no he sido” “no se habla con la boca llena” “Natalia, deja en paz a tu hermana” “las cosas se piden por favor” “venga, niñas, es tarde, a la cama”…Todas aquellas frases – exclamaciones, exhortaciones, interrogaciones – eran los hilvanes de su ser, su molde, su brújula vital. ¿Podría vivir sin ellas?

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Desde la entrada también alcanzaba a ver el sofá del salón. Las tardes de lectura con su madre le saludaron desde allí. Le encantaba cuando se intercambiaban los libros y, después, comentaban sus impresiones. También cuando veían películas en familia y la mitad se quedaban dormidos antes de llegar al clímax de la historia. Si enfocaba bien, podía identificar la mancha de rotulador que hizo su amigo Lorenzo en la fiesta de su décimo cumpleaños.

El equipaje estaba sostenido por una alfombra torcida que habían comprado en un viaje a Marruecos. Sus colores cálidos se despedían de ella paulatinamente. A partir de ahí, tenía que continuar sola. Quería hacerlo. Solo así podría cumplir todos aquellos sueños que había guardado, a buen recaudo, en una de aquellas tres maletas. La que más pesaba de todas. Porque en ella también había colocado la incertidumbre, el miedo, las preguntas sin respuesta, los días vacíos de su hogar y los desafíos que le esperaban en Madrid. Pero era una bolsa con mucha capacidad, así que también habían cabido la ilusión, la emoción, los aprendizajes que se avecinaban más allá del final de la calle, las personas por conocer, los bares por descubrir, las risas por estrenar…

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Respiró hondo. La niña que todavía seguía siendo en el fondo y que, quizás, nunca dejaría atrás, se deslizó hasta la nevera. La abrió curiosa. Destapó el plato de tortilla y pellizcó un trozo con sus dedos. Saboreó los restos refrigerados de su última cena en casa antes de irse. Aquello le dio la energía suficiente para dirigirse de nuevo a la puerta principal. El mundo la esperaba. Su vida aguardaba. Madrid la llamaba. Y ellos, ellos dormían en paz. Asintió, cogió las maletas y saltó al vacío.

El sonido de la puerta cerrándose era el siguiente capítulo de una vida que acababa de empezar.

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María Reig. 

 

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