Diseñado por Freepik
Reflexiones

La maravillosa aventura del comprar

El ser humano medio de un país desarrollado dedica gran parte de su existencia al acto de adquirir productos. Hasta aquí todos de acuerdo ¿no? Bien, porque iba a poner algún dato estadístico para impresionar, pero me ha quedado convincente así “a pelo”. La cuestión es que en nuestras experiencias “comprísticas” (no lo busquéis en la RAE que no existe el palabro…todavía) nos ocurren todo tipo de situaciones paranormales que me gustaría compartir. Esto va a ser como una terapia de grupo ¿vale?

Y es que, cuando uno sale de su zona de confort y se lanza a dar un paseo por las tiendas, los centros comerciales y los grandes almacenes, tiene que estar preparado para que le sucedan todo tipo de escenas surrealistas. Y digo surrealistas porque yo tengo la sensación, en ocasiones, de que las tiendas intentan convencerme de que no compre.  Sí, sí, habéis leído bien, de que NO compre.

Como ya me he marcado un triple en el primer párrafo, voy a aportar ejemplos para dar solidez a la profunda reflexión que hoy me ocupa.

Diseñado por Freepik

Cuando logramos aparcar ¡Ole! (Puedes ver mi posición vital ante el aparcamiento en mi reflexión, El cochecito leré), después de media hora, y nos dejamos llevar por la marabunta de bolsas con gente alrededor, algo nos dice que, quizás, no hemos escogido el mejor día para ir de compras. Sí, yo sé que la ley “voy a ir el sábado por la tarde porque a lo mejor todo el mundo cree que va a estar lleno y evita ir ese día” suena genial en nuestra ilusa cabeza, pero desde el Big Bang o la creación del mundo (según si eres creacionista o evolucionista) ir a un centro comercial el sábado por la tarde es una malísima idea.

Lo mejor de todo es que, una vez allí, es como que nos molesta la gente…Que digo yo, ahora mismo analizándolo, ¿no te has parado a pensar que tú, si tú, eres también un elemento molesto que pasea por el abarrotado pasillo para el resto de personas? No, pero nosotros aterrizamos con nuestros aires de recién llegado y queremos nuestro centímetro cuadrado por derecho.

Por cierto, mando un saludo desde aquí a los padres que, en un alarde de creatividad, deciden que sus hijos circulen en un cacharro para ir de tienda en tienda. Otro para el fabricante de esos cacharros. Tiene todo el sentido porque como sobra espacio y los niños de cuatro años dominan a la perfección la conducción de motos, animales con ruedas, coches y triciclos…es una garantía para que no se aburran y para que los demás perdamos unos gramos teniendo que esquivarles haciendo eslalon. ¡Todos ganamos!

Diseñado por Freepik

Si consigues sobrevivir a los atascos, normalmente, entras en una de las maravillosas tiendas que franquean ese fantástico pasillo del demonio. Sería un poco raro ir solo a pasear, la verdad…pero en este mundo hay de todo. Y he aquí el siguiente hecho singular. ¿Por qué cuando pasamos por los arcos de seguridad toma el control esa sensación de vértigo y terror por si pitan? Cuando entras, quieres empezar bien y que no te fichen como posible ladrón de la tienda de al lado.

Y cuando sales, tu cuerpo se agarrota ante la posibilidad de ser el hazmerreír. Tú sabes que no te vas sin pagar (de hecho, te has comido la cola de seis días y siete noches), pero es irte acercando a la salida y tu subconsciente enciende el pilotito rojo del síncope. Eso sí, que no le salte la alarma a otro, porque entonces te unirás a la mofa general pensando “menud@ choriz@”. Lo realmente curioso es que, cuando te pita (sí, porque, a veces, los arcos pitan sin motivo), la dependienta te grita: “Nada, nada, pasa”. Su fe es admirable…aunque, quizás, se debe a que las alarmas solo sirven para que tengamos pesadillas por la noche.

Ponte que consigues cruzar la puerta sin sobresaltos. Bien, ahora te toca investigar los productos que te ofrece la tienda escogida por ti, pequeño unicornio. Y ahí, hallamos otro inexplicable fenómeno: l@s dependient@s. Y es que, hay comercios en los que los empleados son una ilusión óptica. Les ves, de vez en cuando, siempre ocupados, pero cuando te decides a solicitar su ayuda, se esfuman entre estanterías y burras. Que tú gritas: “¡Pero si estaba aquí hace solo un segundo!”. Y luego añades algo así como “¡Cáspita!” o “¡Recorcholis!”…(tú ya me entiendes).

Diseñado por Freepik

Abatido por la ignorancia que has sentido en la tienda A, te vas a la tienda B, donde encuentras toda, toda, toda la atención del mundo. De hecho, demasiada. Son esos trabajadores que aparecen por detrás de tu cogote cuando menos te lo esperas: “¿Necesita ayuda con algo?”. Da igual que estés mirando un bolso, una camiseta, un pack de ropa interior, un lápiz, unas gafas de bucear o al horizonte en busca de motas de polvo en suspensión…Ellos siempre estarán vigilantes para hacerte esa pregunta. Lo mejor es la respuesta que les damos: “No, solo estoy mirando, gracias”. Que bien nos podrían responder: “Ah, vale, si estás mirando nada. Solo atendemos a personas que se comen las camisetas”.

Pero si hay un elemento digno de ser estudiado por Cuarto Milenio son los probadores. Concretamente, los espejos de los probadores. Sí, porque tú puedes ser maj@ de cara, te puedes haber arreglado el pelo ese día, puedes estar convencid@ de que eres un bombón, que si te miras en uno de esos espejos, descubrirás al gremlin que hay en ti.  En serio, ¿por qué nos hacéis esto, señores que diseñáis las tiendas? ¿qué necesidad hay de deprimirnos?

Además, es que por si no tienes suficiente con parecer un furby por delante, ellos te instalan espejos en las cuatro paredes para que no se te escape ningún detalle. Bajonazo en realidad aumentada. Yo como idea de marketing propongo lo siguiente: si, aun así, somos capaces de terminar comprando lo que nos hemos probado, ¿os imagináis lo que consumiríamos si no reflejáramos nuestra propia versión de Igor, la mano derecha del doctor Frankenstein?

Tras este mazazo a nuestra autoestima, que se une al de “la talla de pantalón” (hago un llamamiento desde aquí a que nos dé lo mismo el numerito de la etiqueta porque, no sé si os ha pasado, pero yo solo sé la talla que me he comprado durante los dos días siguientes a la adquisición), regresamos a ese desconsolador pasillo. Agotados, ignorados, con agujetas – por el contorsionismo al que nos hemos visto avocados por los insospechados lugares en los que deciden poner las alarmas de la ropa -, acosados, aterrorizados…y decidimos que no volveremos a ir de compras en un millón de años.

Cuenta la leyenda que hay quien lo cumple. Pero es que a mí, cuando se me pasa (más o menos cuando se borra de mi mente si me he comprado una 36, 38, 40, 42…), me posee la María optimista que cree que un sábado por la tarde no habrá nadie y ¡vuelta a empezar! Así que, de nuevo y sin que nadie pueda remediarlo, se inicia la maravillosa y misteriosa aventura del comprar.

Diseñado por Freepik

María Reig.

Anuncios

2 comentarios en “La maravillosa aventura del comprar”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s