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Reflexiones

Carta al Arte

Querido Arte, no llores más.

Sé que te sientes dado de lado, que no entiendes la incomprensión que generas. Tú, que eres más antiguo que las máquinas, que los grandes buques, que las carreteras, que las facturas, que los bolígrafos o la rueda. Tú, que naces de lo más profundo del alma del ser humano para dar forma a lo etéreo, a lo que no existiría si no fuera por ese anárquico tránsito entre la mente y el mundo material.

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Tú…y, sin embargo, tan de todos y tan de nadie. Me hago cargo de que, en ocasiones, no te prestamos la suficiente atención. Te maltratamos, te analizamos con prisas y sin honestidad. Porque ya no hay tiempo de disfrutarte. Hemos perdido la sutileza y la concentración para escucharte cuando eres música; nos hemos vuelto ciegos e insensibles para observarte cuando eres pintura; hemos abandonado nuestras ganas de vivirte cuando te conviertes en teatro; hemos olvidado cómo dejar que nos engañes y nos hagas viajar cuando nos visitas en forma de libro…y así con el resto de tus apariencias.

Te hemos confinado al ciclo comercial del producto y no tenemos disculpa. Te empujamos a ser justo aquello que jamás serás. Pero no podemos evitarlo, el mundo funciona así. Asumo que te dedicas a sobrevivir en los diminutos rincones que te cede el mercantilismo, la velocidad, el dinero…No creo que podamos ya hacer que habites en otro lugar distinto. Ahora perteneces a ese universo, aunque te consideres un extraterrestre en él.

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No obstante, confío en ti porque, de vez en cuando, resurges como el ave fénix. De pronto, sobresales en unos acordes tocados con pasión en una habitación con las persianas cerradas, en una voz carismática que deleita a su emocionado público, en una fotografía captada con paciencia, en una secuencia cinematográfica magistral, en los cuadros que alguien ignoró y que ahora cuentan con cien mil ojos de anónimos testigos.

Hoy te escribo para pedirte que no nos abandones nunca. Que disculpes la ligereza y la aceleración en la que estamos sumidos. Porque, de tanto en tanto, lo único que calma la angustia, lo poco que logra paralizar el ritmo vertiginoso de esta realidad nuestra es hallarte por sorpresa, aunque sea en ese diminuto espacio en que todavía te permitimos respirar.

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Con mucho cariño y una pizca de esperanza,

María Reig. 

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