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Relatos cortos

Quererse sin querer

Había encontrado los últimos resquicios de sus pertenencias revueltos en el piso que compartían desde hacía dos años. Ahora que notaba su ausencia se preguntaba por los motivos que habían desencadenado toda aquella situación. Se consideraba una mujer más que razonable, racional, empática, partidaria del diálogo, pero la discusión había tomado tintes trágicos y grotescos.

En realidad, no había sido por nada grave, pero ambos orgullos habían chocado de frente. ¿Qué culpa tenía ella de aspirar a tener la razón en aquel estúpido debate? Aunque, quizás, su empeño por querer ganar había abierto una profunda brecha entre aquellos dos cuerpos, entre sus dos almas.

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Si analizaba bien la coyuntura, cada vez estaba más convencida de que no había merecido la pena llegar hasta aquel límite. No compensaba las lágrimas que ahora recorrían sus mejillas buscando desembocar en un mar de consuelo, en un océano de comprensión. Agarró las llaves del coche sin meditar. Dejó que su corazón le dijera a dónde ir. Y sabía perfectamente dónde ir. A su lugar favorito. Allí estaría, arañando el sosiego que proporciona una vista en calma, un rincón en soledad.

Mientras conducía, una canción de la radio aprisionó su pecho y le impidió respirar durante una milésima de segundo. Era su canción. Con la que se habían besado por primera vez. En aquella fiesta en la playa. Aunque se conocían desde hacía algún tiempo, no se habían decidido a confesar sus sentimientos hasta aquel verano de 2009.  Recordaba la inseguridad, los nervios, el vértigo al no saber cómo reaccionaría, al desconocer si sentía lo mismo…

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En aquel momento, aquellos sentimientos habían regresado para amordazar las certezas que tenía sobre su relación hasta la noche anterior. ¿De nada valían los años de comprensión, las noches que se habían convertido en madrugadas mediante conversaciones interminables, la pasión que no caducaba, el apoyo en los momentos difíciles como cuando su hermano tuvo aquel accidente, la paciencia cuando su madre no quiso aceptar su relación? ¿De nada servían las disculpas que se habían susurrado al oído, el amor que se habían demostrado cada día?

El paisaje era una aparición finita colgada de las ventanillas de su Ford. No permanecía más que unos segundos alrededor. Después, se esfumaba. Probablemente era una buena metáfora de su estado presente. Todo parecía desmoronarse de pronto, como si al colocar una pieza erróneamente, toda la torre se hubiera venido abajo. Cómo le hubiera gustado reprimir sus impulsos y borrar las frases que su boca dibujó en el espacio hostil que se había creado en su apartamento la noche anterior. Comprendía su enfado…no, no debía haber dicho aquello.

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Aparcó. Antes de salir, respiró hondo. Alba no era una mujer cobarde ni mucho menos, pero sabía que, en aquella ocasión, tenía la culpa. Un mal día en el trabajo le había jugado una mala pasada y lo había pagado con quien más quería. Qué irónica es a veces la confianza, qué complejo puede ser el amor cuando, en realidad, es el sentimiento más sencillo de todos.

Reunió todo el coraje que le quedaba a su orgullo marchito y a su intransigencia pasada. Debía pedir disculpas, sí. No quería perder lo que tenían. Ese universo solo suyo, con sus manías, sus bromas, sus recuerdos, sus proyectos, sus vivencias, sus sueños…Amaba demasiado cada diminuto detalle como para permitir que desapareciera. No, no podía consentirlo. Quitó las llaves del contacto y abrió la puerta con decisión.

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Mientras se alejaba del coche y se acercaba a su destino (que, en realidad, era siempre el mismo desde hacía más de siete años), trataba de ordenar las palabras que su mente escupía en un amago de hallar una solución a la encrucijada que ella misma había creado.

Querer

Perdonar

Sentir

Hablar

Pensar

Arrepentir

Confiar

Arreglar

Necesitar

Besar

Respetar

Lamentar

Abrazar

Acompañar

Valorar

Buscar

Solucionar

Apoyar

Amar

¿Cómo ensamblarlas todas?

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Entonces, la vio. Estaba donde creía. En su lugar favorito, con aquellas magníficas vistas que ella mejoraba con su presencia. El corazón de Alba se aceleró. Se quedó allí solo un instante más, para contemplar la cabellera castaña y rizada de Diana acariciando al viento con delicadeza. De pronto, todas las palabras se habían entrelazado, haciendo que se confundiera. Pero no les dio vía libre a sus temores. Volvió a respirar y caminó hacia ella, hacia el amor de su vida, al lado de quien discurría todo lo que le importaba, hacia a aquella mujer a la que quería sin querer, sin pensar, sin meditar. A la que quería como se quiere de verdad.

Y, una vez más, le susurró una disculpa al oído que sonó a un “te quiero” que solo escuchó aquella sonrisa dibujada en los labios de Diana.

Pixabay. StockSnap.

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