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Reflexiones

El cochecito leré

Quiero aprovechar estos renglones para confesar que nunca se me dio bien eso de aprender a conducir. Digamos que hay grandes dosis de incomprensión entre el mundo automovilístico, las normas de circulación y yo. Ojo, que eso no quiere decir que hoy en día no conduzca bien y sin ser un peligro público, pero me costó lo mío.

El caso es que mi problema no fue aprobar los exámenes, fue aprender a conducir (que son realidades distintas aunque a veces se confundan). Y es que, al subirme por vez primera en el asiento del conductor, yo ya noté que un mundo nuevo se abría frente a mí. Luego me di cuenta de que era el volante y de que no veía nada, así que me coloqué el asiento debidamente ante la mirada desconfiada de mi profesor.

Y he aquí el primero de todos mis dilemas. Yo, que mido 1’57, tengo la desventaja de que necesito colocarme el asiento de tal manera que los pies me lleguen a los pedales. Para tal hazaña, es preciso acercarse un poco más que el común de los mortales a lo que se conoce como la zona volante-salpicadero. Y yo creo que esa fue mi perdición. Sí, porque estás tan próximo a todo lo que pasa delante de tu coche que tú piensas: “Como me equivoque de pedal y no frene, me como la luna y acabo sentada en el asiento trasero del coche de delante”. Esta presión es compleja de gestionar… porque tú ves perfectamente tu trayectoria y eres consciente de tus torpezas.

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En este mismo punto, tengo que advertir que, gracias a la exigida colocación de mi asiento, yo hay una parte de la vida que no la veo porque me la tapa la parte lateral del parabrisas. Aquí puede haber tres responsables: el coche, el asiento o yo. Y me inclino a culpar a los dos primeros porque yo bastante tengo con acertar pedales y marchas. A propósito, hago un llamamiento desde aquí para que no os coloquéis en mi punto muerto adicional porque puedo llegar a ser peligrosa.

De todos modos, estas nimiedades no son comparables con la enorme variedad de retos que debes superar para llegar a ser un@ conductor@ (de primera, segunda o tercera…). El más inmediato son las clases de conducir. Aquí entra un elemento de orgullo maravilloso que es la pregunta: “¿Tú cuántas clases llevas?”. Está ese grupo de personas que nacieron sabiendo conducir y que suelta: “Yo llevo dos…mañana me presento al examen” “Yo llevo diez, sé que son muchas, pero ya me presento la semana que viene” “Yo veinte…pero me presenté ayer”. A lo que yo me preguntaba ¿miento o digo la verdad?

Y, al final, decía la verdad porque era poco creíble decir que llevaba pocas clases cuando el resto de alumn@s me confundía con el profesor y/o con un complemento del coche, pues siempre estaba ahí cuando tenían prácticas. “Cincuenta y ocho. Pero quiero practicar más el aparcamiento, estoy un poco verde…”

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Sí, amigos, EL APARCAMIENTO. Ese universo maravilloso. Mi primera queja en relación a la cuestión párking es el examen de conducir. Sí, con ese examinador o examinadora observando tu cogote y dándote indicaciones (fáciles o difíciles según su humor, si ha dormido bien, su posición moral ante la vida, sus ganas de aprobar gente ese día, si tiene dolor de riñones, si ha discutido con su marido o mujer, si los planetas están alineados…).

Lo realmente irónico es cuando te señala el hueco más diminuto de toda la calle, entre un 4×4 y un Porshe (no me preguntes por qué, pero yo es ver un coche caro a mi lado y tiemblo ante la posibilidad de rozarlo…bueno, sí sé por qué). Tienes que hacer lo menos 90 maniobras para colocarlo, pero si te quejas, si quieres buscar otro sitio: SUSPENSO. Y mi pregunta es: ¿en serio?

¿En serio alguien en este mundo cruel ve un hueco imposible y echa la mañana aparcando su coche en vez de ir a buscar otro sitio? ¿Acaso cuando decidimos cambiar de opinión perdemos puntos en el carnet? Pensemos qué mensaje estamos dando a l@s nuev@s conductor@s…Así pasa, que cuando llegamos a un aparcamiento con todo vacío, nos colapsamos al tener que escoger. Necesitamos que vuelva ese examinador/a y nos diga: “Ahí, pequeño padawan”.

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Ya a nivel personal, a mí el aparcar me genera grandes dolores de cabeza. Hubo un tiempo en que no cogía el coche solo por no tener que aparcarlo. Después me decidí a romper esa barrera mental. Sí, y no se me daba mal. Salvo cuando había alguien sentado de copiloto. Y es que, no me preguntes el motivo, pero es tener público y a mí las direcciones se me cruzan. Huelga decir que no soy muy docta en lo referente a las referencias espaciales (vamos, que soy un poco disléxica), pero con la presión es que soy capaz de confundir delante, detrás, arriba, abajo, parabrisas e intermitente.

La cuestión es que, a pesar de mis limitaciones y manías, tampoco ayuda en nada ese padre, madre, amiga, amigo, novio, novia, marido, mujer, abuelo…que se creen conductores desde su mediocre posición de copilotos.  No, tú no conduces, maldito bocazas. Soy yo. Pero ellos, ignorantes venidos a más, empiezan: “Atrás. No, ahora a la derecha. No, a la izquierda. ¡Atrás, atrás! ¡Endereza! ¡Cuidado! Ahora todo el volante a la derecha”. Se han dado casos en los que conductores han asesinado a sus copilotos…es un tema serio.

Sí, porque el coche saca lo mejor del ser humano. Vale, es broma. Saca lo peor de nosotros. Pero es que es meternos en nuestro vehículo y nos revolucionamos. Se forma una especie de jaula de Faraday para insultos, amenazas y males de ojo. Lo mejor de todo es que el receptor de tales lisonjas no nos escucha. Nosotros se lo decimos a nuestro cubículo con ruedas y a los pasajeros que han tenido el honor de asistir al espectáculo. Y da igual si lo que hacen el resto de coches (que a veces son maniobras que ni en Fast and Furious, oiga usted) es grave, leve, nos afecta directa o indirectamente, que nosotros soltamos el berrido y nos acordamos de sus antepasados remontándonos a tiempos de Napoleón.

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Porque, como en todo, y en el mundo de la circulación también, hay dos tipos de conductores. Están los agresivos, que responden a una conducta como la reseñada anteriormente. Tienen el peligro de desgarrar los tímpanos a sus pasajeros y de ser denunciados por contaminación acústica por su facilidad para apretar el claxon. Esto no sucederá jamás a los pasivos que viven con riesgo de sufrir una úlcera porque ven el mal ajeno, se dan sustos de muerte, pero lo único que aciertan a exteriorizar es un: “¡Mecachis!”. Después hacen como que palpan el volante buscando la bocina. Y te miran como diciendo: “No le doy ya, porque ha pasado el momento de pitar. Pero a la próxima, le doy”. Pero nunca le dan. Para ellos el claxon es como el apéndice. Saben dónde está, pero no le encuentran utilidad.

Sin embargo, si hay una blasfemia que me irrita especialmente de los humanos en su faceta de conductores, son los números musicales. Aquí también hay otra víctima: la ducha. Basta ya, por favor. Dejemos de torturarles. Es que no importa si cantas bien, mal o regular, que es ponerte al volante y dejas salir tu flow al máximo con todo el registro de gallos, voces y bailes que se te ocurren. Un apunte: si los cristales de tu coche no están tintados, no estás sol@, el coche que está parado a tu lado en el semáforo te está viendo, nuev@ Madonna. Y no lo digo por experiencia…

En fin, probablemente me haya dejado en el tintero muchos aspectos de la maravillosa aventura de la conducción, pero creo que, por hoy, ya tenemos bastante con lo que reflexionar. Así que, ya sabes, conduce con precaución y, sobre todo, recuerda:

Si eres copiloto, no eres conductor.

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María Reig

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3 comentarios en “El cochecito leré”

  1. hola me gusto la entrada aunque en mi vida nunca he conducido y lo que me da mas miedo es no poder ver lo está delante de mi ( por mi tamaño), aunque al final encuentro traumático eso de conducir, pero me gusta colocar la música para cantar jajjaja…. y el titulo me causo risa, ya que hay una canción infantil llamada mi Cochinito lere…”mi cochinito lere, ayer le dije lere, que si quería lere, pasear por coche lere…” y me causo risa bueno feliz año nuevo nos leemos es Gray

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    1. ¡Hola Gray! Me alegra que te haya gustado. Nada, no hay que tenerle miedo, aunque sí respeto para no perder nunca la prudencia y no confiarse. Pero de miedo nada. 🙂 Sí, en España la canción es con “cochecito”, por eso escogí este título. ¡Qué gracia que sea igual, pero con palabras diferentes!¡Muchas gracias por leerme una semana más! Un abrazo, María.

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