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Relatos cortos

No todos los días sale el sol/ No tots els díes surt el sol

El relato de hoy necesita una pequeña introducción. Y es que, no lo subo por ser el más elaborado, el más largo o del que más orgullosa estoy, sino porque es especial. Este texto lo escribí cuando tenía 13 años para un concurso que organizaba Coca-Cola.

La primera fase era en el colegio. Teníamos que redactar una historia utilizando uno de los tres títulos que nos proponían. Uno de ellos es el que titula esta entrada y en torno al cual construí mi historia. De hecho, seguramente muchos niños tengan por algún cajón su redacción con este mismo encabezamiento aunque, quizás, a ellos les inspiró otro relato totalmente distinto. ¡Esa es la magia de la creatividad y la imaginación!

Recuerdo que me hizo mucha ilusión participar en este torneo literario y, enseguida, un montón de ideas visitaron mi mente. ¿Cómo podía enfocarlo? ¿Cómo hacer que el título estuviera justificado? ¿Qué evocaban en mí aquellas palabras? Sin embargo, había un detalle que no pasó inadvertido para mi insegura mente de adolescente: tenía que escribirlo en catalán.

Sí, por aquel entonces, yo vivía en Terrassa (provincia de Barcelona) desde hacía unos siete años. Evidentemente, sabía hablar y escribir en catalán (en parte, porque se impartían todas las clases en ese idioma, así que me tuve que poner las pilas sí o sí). No obstante, yo no me movía entre las palabras con la misma soltura que en mi lengua materna, el castellano. Siempre había tenido una suerte de complejo de inferioridad con eso y fue todo un desafío el alcanzar un buen nivel para expresarme en clase (llegué al colegio cuando tenía 8 años, así que os podéis imaginar la impresión de tener que empezar a estudiar todo en una lengua que no conoces).

Por eso, cuando seleccionaron mi redacción para la segunda fase del concurso, fue la culminación de un reto personal. Y, evidentemente, ello no implica que la calidad literaria sea buenísima, pero para mí fue una forma de decirme: “has conseguido escribir algo decente en catalán. ¡Ole tú!”.

De hecho, este fue, quizás, de los últimos textos que escribí en catalán – lengua que, por otra parte, me parece maravillosa -, porque ese mismo año me mudé a Madrid y, desde entonces, no he vuelto a utilizarlo. Cuando llegué a mi colegio madrileño descubrí que lo tenía que saber era francés. Así que ¡nuevo objetivo! Y me puse con el francés, un idioma complicado, pero increíblemente bello (todavía tengo muchísimo que descubrir de él, pero me encantó poder aprenderlo en mis últimos años de secundaria).

Por tanto, este relato me recuerda a un año en el que cambió mi vida, en el que hubo despedidas y comienzos, en el que me reí, lloré, extrañé, conocí gente diferente, y en el que superé desafíos como el de escribir algo en catalán que emocionó a personas muy importantes para mí. Y solo por eso, siempre tendrá un lugar preferente en mi memoria y en la biblioteca de mis relatos. Y solo por eso, hoy quiero compartirlo (en versión original y traducido al español) con quien quiera asomarse a este rinconcito que he construido en la inmensidad de la red.

Así que, sin más dilación, ¡comencemos!

No tots els díes surt el sol

(VERSIÓN EN CATALÁN)

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Ara ja fa uns quants anys, tinc un record difuminat d’una vida que era meva i de cop i volta va canviar.

El meu record comença a una petita masia, pobre i sense gaires cultius al voltant. Jo jugava, mentre el sol lluent brillava sobre el meu petit cap. Aquella casa, els arbres ja sense fulles, a conseqüència de la ja passada tardor, i aquella olor a romaní i farigola que provenia d’uns matolls verd intens que alternaven de l’entrada d’un petit i rovellós bosc.

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Jo jugava amb una mena de joguina vella i amb petits forats, que feien difícil la seva utilitat. De sobte, una dona amb davantal sortí de la masia. El seu somriure tranquil i desinteressat em donava seguretat i, el més important, felicitat. Aquella dona m’agafava i continuava rient, jo la mirava i també reia. Era la meva mare. Em va asseure a una pedra i em va dir amb una veu suau i bonica:

– Mira petit, el sol lluent que ens fa tancar el ulls a vegades, que ens fa pensar només en coses boniques. Ho veus?

Jo afirmava amb el cap i mirava el sol.

– Sí, mama, sí que el veig.- deia sense saber per què em feia mirar-lo.
– A la vida a vegades no el veuràs, però ets l’encarregat de fer que surti a través de la teva mirada, el teu somriure i les teves paraules.- sense parar de somriure, una llàgrima va sortir dels seus ulls obscurs.
– Per què ho dius això? – vaig preguntar sense entendre-hi res.
– Ho dic, fillet meu, perquè no vull que ploris ni que el teu cor s’encongeixi quan vegis que les coses no són com voldries. T’ho dic perquè vull que sàpigues que jo sempre t’estimaré, vull que recordis aquestes paraules i que, passi el que passi, sempre hi seré amb tu.

Em va abraçar fort, com si algú ens pogués separar.

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En aquell moment no entenia res. Eren coses massa complicades per mi, que llavors tenia vuit anys. Ara sé que ella volia acomiadar-se perquè faria un viatge pels somnis més profunds de l’ànima. Però de tota mena, no sento que l’hagi perdut del tot perquè, com em va dir una vegada:

No tots el dies surt el sol, però ho podem fer sortir a través de la mirada, del somriure o les paraules.

No todos los días sale el sol

(VERSIÓN EN CASTELLANO)

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Desde hace ya unos cuantos años, tengo un recuerdo difuminado de una vida que era mía y que, de golpe, cambió.

Mi recuerdo comienza en una pequeña masía, pobre y sin apenas cultivos alrededor. Yo jugaba, mientras el sol resplandeciente brillaba sobre mi pequeña cabecita. Aquella casa, los árboles ya sin hojas, a consecuencia del pasado otoño, y ese olor a romero y tomillo que provenía de unos arbustos, verde intenso, que alertaban de la entrada de un pequeño y frondoso bosque.

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Yo jugaba con una especie de juguete viejo y con pequeños agujeros, que hacían difícil su utilidad. De pronto, una mujer con delantal salió de la masía. Su sonrisa tranquila y desinteresada me proporcionaba seguridad y, lo más importante, felicidad. Aquella mujer me cogía y continuaba riendo, yo la miraba y también reía. Era mi madre. Me sentó en una piedra y me dijo con una voz suave y bonita:

– Mira, pequeño, el sol brillante que nos hace cerrar los ojos a veces, que nos hace pensar sólo en cosas hermosas. ¿Lo ves?

Yo afirmaba con la cabeza y miraba el sol.

– Sí, mamá, sí que lo veo.- decía sin saber por qué me hacía mirarlo.
– En la vida, a veces, no lo verás, pero eres el encargado de hacer que salga a través de tu mirada, de tu sonrisa y de tus palabras.- sin parar de sonreír, una lágrima salió de sus ojos oscuros.
– ¿Por qué dices eso? – pregunté sin entender nada.
– Lo digo, hijo mío, porque no quiero que llores ni que tu corazón se encoja cuando veas que las cosas no son como querrías. Te lo digo porque quiero que sepas que yo siempre te querré, quiero que recuerdes estas palabras y que, pase lo que pase, siempre estaré contigo.

Me abrazó fuerte, como si alguien nos pudiera separar.

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En aquel momento no entendía nada. Eran cosas demasiado complicadas para mí, que por entonces tenía ocho años. Ahora sé que ella quería despedirse porque iba a hacer un viaje por los sueños más profundos del alma. Pero, de todos modos, no siento que la haya perdido del todo porque como me dijo una vez:

No todos los días sale el sol, pero podemos hacer que salga a través de una mirada, una sonrisa o una palabra.

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María Reig

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