Relatos cortos

Descubriendo a Gabrielle (Parte 3 – Desenlace)

La fría y cruda realidad se apoderó de él. Con pavor entró en el portal intentando averiguar qué había sucedido exactamente. El anciano comenzó a subir las escaleras y entonces Jean decidió preguntarle. Sí, él les había visto juntos.

-Disculpe.-gritó.- Perdone.

Alcanzó a duras penas a aquel hombre que subía a una velocidad bastante buena, incluso yendo solo. Jean le cortó el paso.

-Sé que va a pensar que estoy loco, pero… ¿nos hemos visto esta tarde?

-¿Tarde? Si son las doce, criatura.

Jean miró espantado su reloj de muñeca.

Pixabay

-¿Las doce? Entonces…Quizás fue ayer. ¿Me vio usted con la chica…con Gabrielle Arbouet?

-¿La chica del segundo?-preguntó el hombre.

-Sí.

-No que yo recuerde. Pero mi mente es traicionera…

-Le ayudamos a subir las escaleras.

-¿A mí? Pero ¿qué tengo? ¿pinta de lisiado?

-No, no, por supuesto que no. Solo que…quizás…fue un sueño.

-Te diré una cosa. A veces la mente nos engaña porque ansía algo con todas sus fuerzas hasta el punto de perder la razón, hijo. Pero, joven, perder la razón nunca es buen camino en el mundo de la lógica en el que vivimos.

Jean asintió derrotado. Se despidieron y bajó tristemente las escaleras. ¿Se lo había imaginado todo? ¿De veras? Casi no podía creer en el poder sin límites de su mente. Aquellas cartas, aquellos remitentes, aquellas suposiciones, habían terminado por excederse. Frunció el ceño al tiempo que salía de aquel portal número 9. Las paredes le asfixiaban, pero el reflejo de la vida, del relampagueo cálido del sol, casi obraba en él peores consecuencias. Se prometió no comentar aquel episodio a nadie.

A los dos días tomó la decisión, entre muchas reflexiones, de dejar aquel trabajo de verano. Había estado bien por un rato, pero ahora se acercaba el inicio del curso y debía centrarse. Los pájaros en la cabeza nunca habían volado tan alto, tan fuerte, tan libres. Su padre pareció vislumbrar en aquella elección la posibilidad de reclutar a su hijo en su bufete, a lo que Jean dio varias respuestas vagas y nada concretas.

pixabay

Thierry y los demás regresaron de su viaje a Mallorca. Los primeros días, entre llamadas para contar anécdotas e insistencias para salir, se solventaron con cientos de negativas de un Jean que pretendía recobrar el control de su cabeza. Tras una semana, terminó por ablandarse y comenzar a normalizar su situación.

-Vamos, no seas aburrido.-le insistía Thierry desde el otro lado del teléfono.

-No es que sea aburrido, es que estoy cansado. Algunos hemos trabajado este verano.

-La excusa de “estoy cansado” es barata, mala y nada original. Paso a recogerte en veinte minutos. Adiós.

El pitido del teléfono enfatizó aquella orden. Sí, quizás era momento de regresar a la calle y de dejar de pensar que estaba como una verdadera cabra. Se vistió con desgana y a los veinte minutos estaba listo. Thierry subió a saludar a sus padres, que le conocían desde siempre.

La madre de Jean sentía debilidad por las sonrisas y los cumplidos del mejor amigo de su hijo. Le quería casi como si fuera su sobrino. Jean cortó a tiempo la versión extendida de las vacaciones que su amigo se disponía a relatar mientras él se ponía los zapatos. Indicó a sus padres que iban a salir un rato y que no sabía cuándo volvería. La madre les despidió cariñosa desde la puerta. Su hijo ya era todo un hombre.

Thierry condujo hasta el piso de André. Después fueron a recoger a Claude. Los cuatro amigos pasearon por el asfalto parisino a bordo de aquel Citröen azul marino. Mientras tanto, se iban poniendo al día. Jean fue descubriendo poco a poco todas las experiencias que se había perdido por su estúpida decisión de trabajar en verano. Sí, estaba claro, había sido una mala idea.

La envidia se entremezclaba con la curiosidad. Sus amigos le fueron desvelando cada una de las chicas preciosas que habían conocido, las fiestas en barcos de desconocidos, los amaneceres en playas sin nombre…Él, a cambio, iba explicando, con cautela, las aventuras y desventuras que puede vivir uno siendo el chico del correo. La información no debía ser demasiado amplia así que, finalmente, se limitó a concluir, desganado, lo mucho que se arrepentía por no haberse unido al viaje.

Thierry aparcó su coche con habilidad. Fueron bajando uno a uno del vehículo mientras el calor de la ciudad les golpeaba en la cara. Poco a poco, se alejaban del microclima que había creado el aire acondicionado para regresar a los últimos resquicios del verano en la capital francesa.

Comenzaron a caminar en busca de algún local para tomar unas cervezas. No se alejaron demasiado del coche, pero sí lo suficiente como para que Jean reconociese aquel barrio. Era donde se dibujaba su ruta de cartero. Sacudió la cabeza intentando borrar aquella etapa obsesiva. Entonces, su mejor amigo cayó en la cuenta y decidió preguntarle por la misteriosa chica del portal 9.

-Nada, decidí pasar. Ya sabes…cualquiera se fía. Lo mismo es una desequilibrada.-mintió.

-Tienes razón, tío. No te quise decir nada, pero era una locura…romántica, pero una locura.

-Sí, puede ser…Creo que me daba mucho el sol en la cabeza con aquel trabajo.

-¡Exacto! Así que espero que la próxima vez me hagas caso.

pixabay

Siguieron andando hasta llegar a un pequeño puf. Estaba situado haciendo chaflán en una de las calles de aquel céntrico barrio. La puerta de madera maciza daba paso a un local amplio en que las mesitas se distribuían de manera irregular. La música estaba alta, no demasiado, permitía escuchar a tus acompañantes. Claude mostró lo mucho que le gustaba la  canción moviendo la cabeza como uno de esos perros que venden para el coche. El resto le ignoró.

André avanzó deprisa y se hizo con una mesa en una de las esquinas del local. Allí la luz era tenue y podrían conspirar sin ser molestados, como todo grupo de amigos espera. Thierry iba delante. Guiñó un ojo a una chica que estaba sentada en la mesa de al lado y siguió adelante hasta que se acomodó. Jean hizo lo propio y escogió otra de las sillas. Comenzaron a estudiar la carta de bebidas, sin demasiado detenimiento, pues prácticamente todos sabían qué querían.

El barullo del local creaba un ambiente propicio para ver a mucha gente y, sin embargo, no ver a nadie. Jean observó a los de la mesa de al lado, a la chica que le había gustado a su amigo, a otro grupo de amigos como ellos, a dos estudiantes que conversaban animadas, a una pareja de enamorados, a tres hombres de cincuenta años que se comportaban como los adolescentes que fueron y después…¡Espera un momento! Cabellos castaños recogidos en una cola de caballo. Bien peinados. Sacudió la cabeza de nuevo e intentó adivinar el rostro que acompañaba a aquella coleta. Una voz dulce salió de aquella chica.

-¡Eugène trae más limones!

No reconocía la voz. Pero aquellos cabellos… Intentó levantarse disimuladamente para sortear las figuras de aquellos clientes que le impedían llegar hasta a barra. Un solo instante bastó para reconocerla. Se quedó quieto, pálido. ¿Era ella? ¿Gabrielle? ¿De verdad? Debía asegurarse.

pixabay

-Chicos, necesito que me hagáis un favor.-susurró acercándose a sus amigos.

-¿Qué pasa?-preguntó André.

-¿Cuántos camareros hay en la barra?

-¿Qué cuántos…? ¿Jean estás bien?- se sorprendió Thierry.

-Sí, sí…es una tontería.

-Pues…desde aquí veo a un hombre gordo…y…sí, también hay una chica. No está nada mal, por cierto.- respondió Claude.

-¿Una chica? Descríbemela.

-Pues…¿Enserio, Jean? ¿Tengo que describirla?

-Creo que te ha afectado demasiado este verano.-opinó André.

-Es menuda, con una coleta de caballo color castaño…sonrisa bonita…y está hablando animadamente con los tíos que están pidiendo ahora.

Jean se giró de golpe.

-Vale, entonces existe. Y está ahí…-murmuró el chico.

-Le falta una tuerca.-susurró Claude a los otros dos.

-Es ella.-espetó Jean a Thierry.

-¿Quién?-preguntó.- ¡Ah! ¿Ella? ¿Enserio?

-¿Nos hemos perdido algo?-dijo André.

-Una chica misteriosa por la que ha estado suspirando todo el verano.-reveló Thierry.

-Vale, muchas gracias por la confidencialidad, tío.

-De nada. Ahora levántate y preséntate.-le ordenó Thierry.

-¿Ahora? ¿Allí?-balbuceó Jean.

-Pues claro…esos tíos también le han echado el ojo así que si no te das prisa…

Jean resopló. Se quedó pensando en cada uno de los instantes en que había deseado hablar con ella, conocerla. Hasta el punto de crear una conversación ficticia en su imaginación. Debía levantarse, debía saludarle y mostrarle al verdadero Jean, a aquel que conocería de manera directa y no a través de un buzón. Quedarse quieto era la solución fácil, pero relegaba sus ganas por conocerla a un teatro de títeres sin sentido…

Respiró hondo y se levantó. Sus amigos le indicaron qué querían de beber y, con aquel pretexto, se acercó a la barra. Ignoró durante tres ocasiones al camarero gordo que pretendió atenderle. No, debía ser ella. Entonces, y mientras ella servía la última cerveza a otro cliente, un saludo salió de sus labios.

-Hola.-dijo él.

-Buenas tardes.-respondió ella sonriente.

-Son cuatro cervezas.

-Perfecto, cuatro cervezas.-repitió y se puso a servirlas.

-¿Siempre hay tanta gente?-preguntó.

-La verdad es que sí. Sobre todo a final de semana. Es una locura.

Jean sintió un escalofrío al escuchar aquella última palabra. LO-CU-RA.

-Bueno, por lo menos sois dos camareros.-dijo señalando con la cabeza al compañero.

-Sí, bueno. Yo solo estoy aquí por la tardes. Él es fijo. Y libro algunos fines de semana. No está mal.

-¿Pluriempleada?

-Algo así.-dijo y se rió.- Esperando el trabajo de mis sueños.

-Yo sigo estudiando con el mismo propósito.-respondió simpático.

-Sí…tienes pinta de estudiante. ¿Medicina?

Ella servía la última cerveza.

-Derecho.

-¡Casi!-volvió a reírse.

-¿Y tú, aparte de camarera?

-Doy clases de solfeo a niños con dificultades…ya sabes…autismo, síndrome de down, asperger- terminó y cerró aquella conversación.- Pues aquí las tienes.

Jean sacó un billete de su monedero y pagó las cervezas. Cogió primero dos y las llevó junto a sus amigos y después otras dos. Al llegar a la mesa se dio cuenta de que aquella conversación había sido sincera y auténtica. Quizás sin demasiados datos…pero todos ellos desvelados por ella misma tras un simple y sencillo “hola”. Qué equivocado estaba acerca de sus conclusiones. Se sentó junto a sus amigos, fingiendo que estaba inmerso en la conversación cuando, en realidad, no hacía más que reflexionar sobre aquello. Pasaron las horas entre risas y miradas furtivas con aquella camarera.

pixabay

Ella trabajaba mientras observaba a aquel chico, aquel apuesto estudiante de Derecho que había sido tan simpático. ¿De dónde había salido? No podía montar castillos en el aire, lo mismo tenía novia. Pero algo en él le había gustado. Una sensación extraña recorrió el cuerpo de Gabrielle. Le miró con sutileza en varias ocasiones, viendo cómo hablaba y se reía con sus amigos. El de su lado, un tipo alto y corpulento, hablaba tan fuerte que casi podía adivinar el contenido de sus conversaciones.

Gabrielle decidió dejar de disimular cuando se percató de que sus ojos se cruzaban con los del joven. Así pasó el tiempo. El grupo de amigos fue el último en abandonar el local. Ya habían recogido todas las mesas. Gabrielle secaba unos vasos tras la barra, meditando sobre si debía decirle algo, cuando los chicos pasaron justo por delante. Jean se quedó el último y antes de salir se despidió sonriendo. Dio dos pasos hacia la puerta, pero entonces se paró. Se giró y la miró.

-Sé que pensarás que soy algo excéntrico y directo… y quizás muchos a lo largo del día te digan lo mismo, pero…¿Te apetecería que quedáramos algún día?

Gabrielle sonrió con dulzura. Le miró a los ojos y asintió con la cabeza.

-Podría estar bien.-respondió.

Apuntó con aquella letra suya, una de las pocas cosas que él realmente conocía de Gabrielle, su número en una servilleta. Él la cogió y leyó en voz alta.

-Gabrielle. Bonito nombre.

-Gracias. Puedes llamarme Gaby.

Sacudió la servilleta al darse cuenta de que lo había conseguido.

-Encantado, Gaby. Yo soy Jean.

-Esperaré tu llamada, estudiante de Derecho llamado Jean.-dijo y sonrió.

El chico abandonó el local con una amplia sonrisa. Por fin había sido aquel tipo de persona que se lanza al vacío y le pide el teléfono a la chica o chico más guap@ del bar. Volvió a preguntar a sus amigos si ellos también habían visto a la camarera por confirmar. De vuelta al coche, no faltaron las bromas y los comentarios para hacer enrojecer a Jean. Danzaban por la acera disfrutando de aquella noche de verano, de las conversaciones por tener y las metas que alcanzar.

Pronto descubriría a la verdadera chica que había tras Gaby Arbouet. Una chica parisina, cuyos padres se habían mudado a Burdeos hacía dos años por temas de trabajo. Una chica que mandaba cartas a academias de música para buscar financiación para un proyecto de musicoterapia y que estaba decidida a abrir su propia escuela especializada. Una chica que tenía dos trabajos, concienciada con el medio ambiente, obsesionada con Islandia, con las películas de Tarantino y la poesía. Una chica maniática del orden y a ratos tímida. Una chica con un primo en Annecy que le mandaba paquetes y cartas de vez en cuando.

Y es que, amigos, cuán complicado nos resulta a veces romper la barrera con otra persona a través de un sencillo saludo. Observamos alrededor y, en vez de conocer las verdaderas historias de aquellos que nos piden que escuchemos, nos inventamos sus vidas a través de los detalles que su apariencia nos revela.

Aquella mujer que viaja con nosotros en el tren vestida elegante y que pensamos que es una ejecutiva, cuando en realidad va a su primera entrevista de trabajo después de estar de baja maternal. Aquel hombre que pasea a su perro en el parque, que decidimos que es viudo y quiere a su mascota como si fuera un hijo, cuando, en realidad, está felizmente casado con una señora que le manda sacar a su querido YorkShire todas las tardes. Aquella niña de ojos tristes que creemos que se ha peleado con su novio, pobre tonta, y realmente está apenada porque ha discutido con su madre. Aquella pareja de novios que siempre sonríen frente al público y es, para ti, la pareja perfecta, cuando en realidad viven atrapados en esa relación.

pixabay

Así, inventamos, creamos constantemente vidas que solo existen en nuestra imaginación, en esos rincones en que se nos permite crear, alejarnos del mundo de la predeterminación y construir un universo en que nosotros somos los reyes. Igual que Jean, debemos darnos cuenta de que la imaginación tiene límites y que vivir en ella, a veces, lo único que nos trae es quedarnos congelados frente a un portal, viendo el nombre de alguien, sin atrevernos a subir las escaleras y conocerle de verdad.

Pero… ¿Qué voy a saber yo? En realidad, soy una más dentro de este mundo en que las personas demostramos nuestro poder sin medida. En realidad, soy una de esas amas de casa que viven en una céntrica calle de París y ven pasar, todos los días desde su ventana, a aquel chico del uniforme azul, a aquel chico del correo que mira siempre hacia arriba antes de entrar en el portal 9.

pixabay

María Reig

Anuncios

2 comentarios en “Descubriendo a Gabrielle (Parte 3 – Desenlace)”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s