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Relatos cortos

Descubriendo a Gabrielle (Parte 2)

 La realidad era más poderosa que cualquier ficción en su cabeza. La realidad era lejana e incontrolable. El miedo tomó el control de sus pasos y de sus manos. Tardó exactamente diez minutos en situarse delante de la puerta de Gabrielle, sobre el felpudo, y llamar al timbre. Un intento. Nada. Dos. Nada. Tres. Miró hacia abajo derrotado y dejó el paquete junto a la puerta. Quizás debía quedarse así, en su mente, sin más datos que los que la casualidad y su imaginación lograsen tejer.

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Pasó largo rato mirándose los pies y reflexionando acerca de su enorme estupidez. Escuchaba pasos en las escaleras, los gritos de alguna discusión enfrascada en las cuatro paredes de uno de esos pisos, el llanto de un niño y a alguien canturrear. Todos aquellos sonidos le envolvieron y le distrajeron del paso del tiempo.  Sin embargo, de pronto, algo modificó aquella burbuja de ruidos lejanos.

Unas chanclas que daban con fuerza contra los escalones y muchos trastos bailando escondidos en un bolso demasiado grande. Alzó la vista y allí la vio. Iba con una falda de varios colores, una camiseta de tirantes que dejaba ver su escasamente bronceada piel y aquel moño horrible que ya le había visto. Los mechones del cabello le caían por la cara, lo que hacía casi imperceptible la sonrisa que le regaló al verle frente a su puerta. Buscaba desesperada las llaves de su apartamento dándose de margen aquel último tramo de escalera.

-Hola.-le saludó ella.

Jean casi no tuvo tiempo de reaccionar.

-¿Quería algo?-preguntó la chica, sorprendida de verle allí.

El chico del correo sacudió la cabeza y tragó saliva.

-Eh…-balbuceó.- Bueno, yo es que…Bueno, yo tenía que entregarle este paquete a usted.

Ella volvió a sonreír, aceptando aquella explicación.

-¿Le importa…?- preguntó mientras le indicaba con un gesto que lo recogiera del suelo.

-Oh, por supuesto.-respondió Jean.

Lo cogió y lo sostuvo entre sus manos mientras esperaba a que ella alcanzase las llaves.

-Malditas…las estoy escuchando, pero no consigo cogerlas.-explicó alegre.

Él se rió tímidamente. La chica logró al fin coger las llaves. Las miró de frente y frunció el ceño.

-No me lo puedo creer. Me he equivocado de llaves al cogerlas esta mañana.- dijo ella.

-¿Tiene algún problema?-preguntó él.

-Sí, me he equivocado de llaves y ahora no puedo entrar en casa.-explicó.

-Si puedo hacer algo…

-Tengo que llamar a un cerrajero.

Casi sin permitir que Jean soltara una palabra más, la chica cogió el móvil de su enorme bolso y marcó un número. Jean llegó a la conclusión de que debía de haberle sucedido más de una vez porque se sabía todos los dígitos de memoria. Conversó escuetamente con su interlocutor y recibió la información del tiempo que debería esperar. Colgó y suspiró.

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-Una hora. Al parecer hoy hay mucho tráfico.- espetó molesta.

-Bueno, quizás algún vecino puede dejarle esperar en su casa.-propuso él, que aun sujetaba el paquete.

-No te creas. Todos los de esta planta son unos amargados. La de allí vive con siete gatos y me intentó poner la zancadilla por las escaleras una mañana. Los de allí son la típica familia feliz con cuatro niños insoportables y gritones. Este de aquí…bueno, tengo la teoría de que es un psicópata. Tiene ciertas conductas que me tienen intrigada y creo que me espía el correo.

Jean se rió ante tanta información. Ella miró hacia los lados y se sentó en el suelo.

-Creo que prefiero quedarme aquí.- apuntó.

Él miró también alrededor. Levantó algo los brazos para mostrarle el paquete y le preguntó dónde quería que lo dejase.

-Dámelo, perdona, debes de pensar que soy una loca. En realidad, solo me suceden estas cosas de vez en cuando. Y ninguna de las anteriores ha tenido público.

Jean le entregó la caja de cartón. Ella leyó el nombre del remitente.

-Es de mi tía Margarett. Se empeña en mandarme sus personales obras de arte. Lleva años haciendo collares con conchas de la playa y cree que toda la familia tenemos que llevarlos.

Comenzó a sacar aquellos objetos artesanales de la caja. Él la miraba intrigado. La figura nada definida de la chica del balcón había tomado forma en tan poco tiempo que casi sentía la impresión latir en su pecho. Ella le hablaba como si le conociera desde hacía algún tiempo aunque, en realidad, nada sabía de aquel muchacho vestido de azul que esperaba algún tipo de indicación, de pie en el descansillo.

-¿Piensas esperar sentada aquí durante una hora?-se interesó él.

-Parece que sí…-respondió.

Él lanzó una mirada al aire, sin puntos fijos ni pretensiones de respuestas. Fue suficiente para que ella le diera la siguiente pista.

-¿Eres el chico del correo desde hace tiempo?-preguntó ella.

-Sí, bueno no. Trabajo en esto durante el verano por alguna extraña razón que ahora no recuerdo.- se sonrojó.

-Pues ten cuidado, ya te has fusionado con el uniforme.-bromeó ella.- ¿Y qué haces el resto del año?

-Estudio Derecho en La Sorbona. Como ves, el uniforme no dice nada de mi verdadero yo.

-Ni una mísera pista por más que te observo…-tanteó la joven, que aun sujetaba la caja encima de sus piernas.

-¿Y tú? ¿Estudiante? Tu falda tampoco da mucha información sobre eso…-comenzaba a adueñarse de la situación. Empezaba a estar cómodo.

-Aspirante. De hecho, hoy tengo una prueba para entrar en una de las academias de música más importantes del país.

-¿Tocas algún instrumento?

-El violín y algunos cursos de piano en el conservatorio. Nada extremadamente peculiar.

Comenzó a rebuscar de nuevo en su bolso.

-¿Por eso te has mudado aquí?-se interesó el cartero.

-¿Cuándo has decidido que soy de fuera de París?

Jean Marc se volvió a poner tenso. ¿Cómo sabía eso? Bueno, claro, él sabía de dónde había extraído aquellas conclusiones, pero no podía decírselo. Tanteó en apenas medio segundo un sinfín de respuestas a aquella interrogación. Tragó saliva y escogió una al azar. ¿La más convincente? Quizá no.

-Tu forma de hablar te delata.

-Los parisinos resultáis irritantes cuando pretendéis saberlo todo de los provincianos. Que sepáis que no nos caéis bien.-apuntó molesta.

Jean se rió.

-Vamos, no te enfades. Solo digo que tu acento deja entrever que no eres de París. ¿Bretaña quizás?- disimuló un error de principiante.

-Burdeos.-afinó.- Pero mi padre es belga. ¿Eso también lo has adivinado con las cuatro frases que te he dicho?

Volvió a reírse.

-Puede que con la última haya conseguido llegar a esa conclusión.

Ella sonrió a escondidas. Sus ojos claros quedaban iluminados por los rayos de sol que entraban por el tragaluz más próximo. Logró robar un pedacito de la cordura de Jean en aquel instante. La conversación siguió fluyendo. No se conocían, pero por alguna extraña razón tenían mucho que adivinar el uno del otro y eso les divertía. Cuando había pasado alrededor de un cuarto de hora desde que colgó al cerrajero, por fin, se decidieron a intercambiar nombres.

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-Soy Gabrielle.-se presentó ella.

-Yo Jean Marc. Pero llámame Jean. Jean Marc es como me llama mi madre cuando se le cruzan los cables.

-¿JM?

-Prefiero Jean.

Aquella conversación le resultaba familiar. Demasiadas ocasiones en que había tenido que dar la misma respuesta. La desordenada chica sacó un cigarrillo del bolso y se lo encendió. Ofreció una calada al cartero, pero él negó con la cabeza. Cuando el diálogo había conseguido captar toda la atención de los dos jóvenes, Jean decidió, casi involuntariamente, sentarse en el suelo junto a ella. Allí siguieron conversando.

-Yo también debería haber trabajado en algo este verano. Mi alternativa ha sido no dejar de mandar mi expediente a ochenta academias para poder entrar el próximo curso. Creo que mi vida transcurre entre sobres y respuestas.-explicó Gabrielle.

-Dímelo a mí. Al principio este trabajo era entretenido, diferente, y sobre todo desquiciaba a mi padre. Pero ahora es monótono y ni siquiera puedo gastarme el dinero porque todos mis amigos están en Mallorca de vacaciones.

-Creo que este verano has tomado una mala decisión.-opinó ella.- O buena, según se mire. En realidad nunca lo sabrás hasta no haber dejado de recoger lo que coseches durante estos dos meses.

Él la miró e hizo una cómica mueca. Ambos sonrieron. Los minutos de la tarde seguían avanzando con cautela.

-¿Te cuento algo?

-Dispara.- aseguró él.

-Dentro de dos horas tengo una audición para una de las academias.

El chico abrió los ojos de par en par. Aunque en el fondo no sentía sorpresa. Se esperaba aquella inexplicable tranquilidad en el fino cuerpo de Gabrielle. Miró sus delicadas piernas por detrás de las flores de su faldita veraniega. Después se encontró con aquellos cabellos mal colocados y con su respingona nariz. Se fijó en unas cuantas pequitas que la decoraban, como si fuera una muñeca. Jean dobló una de las rodillas. Se le estaba quedando el pie dormido.

-¿Llegarás a tiempo?-preguntó.

-Eso espero.- respondió ella y volvió a sonreír.

Su paz terminaba por invadir también el estado de nerviosismo en el que él estaba inmerso minutos antes. Siguieron conversando acerca de su presente. En ocasiones, regresaban de puntillas al pasado, se asomaban con picardía a un futuro que no podían adivinar hasta regresar de nuevo a aquel descansillo. A los tres cuartos de hora, uno de los vecinos bajó por la escalera y les miró sorprendido. No hizo ninguna mención. ¿Qué hacía aquella chica hablando con el muchacho del correo? Seguramente, si la madre de Jean se colase por allí pensaría ¿Qué hace mi hijo hablando con esa chica? Ya sabéis, el mundo pone las formas, el significado se lo tenemos que dar nosotros.

-Apuesto que es la primera vez que pasas tanto tiempo hablando con una extraña.-bromeó ella.

-¿En qué te basas para decir eso?

-Vamos, se nota que eres el típico niño de papá. Educado y formal. No eres de esa clase de chico que se lanza al vacío y le pregunta en un bar a la chica más guapa su nombre y teléfono.

-¿Chica más guapa del bar? ¿Cuántas películas has visto?

-Demasiadas. Pero todas tienen un denominador común. Te enseñan las múltiples y más insospechadas caras en las que la vida puede sorprenderte. No estamos a salvo, Jean.

-Pues aunque no voy robándoles el teléfono a las chicas guapas de los bares, como tú dices, sí que puedo sorprender.

-No puedes.

La chica lanzó una carcajada y él la siguió.

-¿Cómo puedes saberlo?

Ella le miró a los ojos. Se acercó durante un instante a la cara de aquel chico al que apenas conocía. La luz de la calle iluminaba los ojos curiosos de Jean, que trataban de adivinar las siguientes palabras de la misteriosa Gabrielle Arbouet.

-Simplemente lo sé.-respondió y se alejó.

Él sacudió con cuidado su cabeza con el objetivo de regresar a la realidad, de arañar lo poco que le quedaba de sosiego.

-No olvides que trabajo como el chico del correo por vocación.-apuntó bromeando.

-Sí, claro. Una gran muestra de tu espontaneidad.-respondió ella.- Quizás si el uniforme no te quedase como un esmoquin, conseguirías convencerme.

-Y según tú ¿qué pretendo con este uniforme azul?

-Pretendes dejar de ser algo que nunca te abandonará del todo. Tú no eres el chico del correo, eres un estudiante de derecho de una familia rica que, probablemente, no ha tenido que trabajar en su vida.-espetó.

Jean tragó saliva.

-Puede que tengas razón. Pero ¿por qué no puedo ser el chico del correo y ya está?

-Porque lo que somos no lo define lo que hacemos o cómo vestimos. Es mucho más.

-Entonces ¿no sabemos nada el uno del otro?

-Tenemos datos, informaciones sueltas…Quizás tú hayas descubierto algo más en mí. Sorpréndeme.

El chico se mordió el labio inferior y entrecerró los ojos. Debía simular que la información que su mente había retenido sobre ella no era lo suficiente completa como para asustarla. Empezó a vacilar con las suposiciones y terminó por definirla como una chiflada.

-¿Desaliñada?-preguntó ella indignada.

-No quise decir desaliñada. Eres desorganizada en tu mundo pacífico. Se nota que eres independiente.-se intentó explicar.

-Creo que lo estás empeorando…

-Bueno es una evidencia que no usas peine…

Los ojos de la chica se abrieron como platos. Jean decidió frenar y sonreír.

-Vamos, es una broma. Creo que tienes una faceta muy hippy. Y eso está bien.

-Soy artista, la mayoría la tenemos.-respondió ella mirando al suelo.

Se hizo un silencio suave y nada incómodo. Sirvió para recopilar las conclusiones a las que habían llegado hasta el momento. Ella levantó lentamente la mirada y encontró al chico esperando algún tipo de señal para continuar. Sonrió tímidamente.

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-¿Y cómo te dio por ser artista?

-¿Ves como eres un estirado estudiante?

-¿Y ahora que he hecho?-exclamó él.

Los artistas no se hacen, es algo con lo que naces. Notas como algo en el pecho te dice, te susurra, te musita que debes mostrar algo al mundo. Lo debes hacer con paciencia, con cuidado, pues no todos conseguirán entenderte al principio, pero, luego, alguien observará aquello que les contaste entre murmullos y lo gritará al mundo. Todos conocerán tu historia, tu manera de contarla y, entonces…Bueno, esa parte aún la tengo que concretar. Cuando me haga famosa te lo cuento.

-Te veo muy segura de tu futuro.

-Alguno de los dos tiene que estarlo.-contraatacó.

Ambos sonrieron.

-Supongo que es algo que quiero con todas mis fuerzas. No sé si lograré completarlo, si podré tacharlo de mi lista de cosas pendientes, pero lo cierto es que no pienso que quede en el papel por no haberlo intentado.

-Ojalá mi determinación fuera parecida a la tuya. Sería bastante esclarecedor, dadas mis circunstancias actuales. Yo veo mi futuro como algo planificado, rígido, sin posibilidad de coger un camino alternativo. Eso me agobia y me asfixia. En ocasiones me imagino en una carretera de un solo sentido sin posibilidad de salir, de parar. Solo hay un pedal en el coche: el acelerador.

-Suena a pesadilla.

-Suena a tener las cosas poco claras. Y mientras me niego a averiguar qué quiero, me voy fijando en qué pensarán los demás, qué será de sus vidas. Creo que es mi vía de escape a la realidad.

-¿Incluido ese traje de cartero?

-Incluido este horrible y asqueroso traje de cartero.

Las confidencias se iban sucediendo lentamente. No se conocían de nada. ¿Por qué seguían hablando? A Jean le costaba ya imaginar a aquella Gabrielle Arbouet sin cara, sin trazos de personalidad, sin sonrisa, sin mal genio, sin aquel desastroso bolso. Ella permanecía como una pieza de museo a la que observar.

Hablaban, pero no podía acercarse más a ella. Sentía que sus respuestas giraban en torno a los círculos que él mismo había descubierto con sus cartas. Quizás se había apresurado a saber de ella, a averiguarlo todo, antes de que sus labios dieran explicaciones. Seguían contándose anécdotas y reflexiones personales. Pero la sensación extraña con respecto a aquella chica no le abandonaba. Se entremezclaba con la culpabilidad por su impaciencia.

Al rato, un vecino, mayor, subió por las escaleras. Iba cargado con una bolsa. Ella le saludó amigablemente y le ayudó. Jean la siguió y ambos escoltaron al hombre hasta el piso de arriba, donde vivía. Por el camino fueron charlando animadamente. La chica sonreía, pero no decía nada.

-Le he visto un par de veces.- aseguró.

-Sí, hoy mi jornada se ha alargado un poco. La señorita Arbouet ha tenido un pequeño percance con su puerta.

-Raro es. Esa chiquilla siempre anda fuera de casa. Suerte que usted la haya ayudado.

-Sí, bueno, ya sabe. Estas cosas se hacen por la gente.-se explicó el chico sin mirar a Gabrielle.

-Sí, ya…por la gente. Le he visto mirar hacia su balcón cuando entra en el portal. ¿Eso también lo hace siempre?

Jean se ruborizó.

-Tonterías…yo no hago eso.-le murmuró a Gabrielle mientras ella sonreía divertida.

-¿Dice algo?-preguntó el hombre.

-No, nada.

Ambos se rieron disimuladamente.

-¿Y de que ha dicho que se conocen?-dijo el anciano.

-De por ahí, ya sabe, el mundo es un pañuelo.-mintió Jean.

El hombre se dio cuenta de que era momento de dejar de preguntar. Llegaron a la puerta de su piso y se despidieron. La pareja se alejó poco a poco de la vista de aquel curioso vecino.

-¿Habías hablado antes con él?-preguntó Jean.

-Un par de veces. Es buen hombre, pero le encanta cotillear de todo el bloque. Es mi vecino favorito sin duda. Por lo menos él no me mira mal.-dijo mientras bajaban las escaleras de nuevo.- ¿En serio miras a mi balcón?

Justo entonces vieron como un operario buscaba a alguien en aquella planta. ¡Era el cerrajero! Jean, casi de manera impulsiva, se abalanzó contra el empleado y le pidió que esperara. Se identificó y le explicó que la chica vivía ahí y había perdido las llaves. El hombre, algo confundido, asintió con la cabeza al tiempo que se ponía a trabajar. Gabrielle esperaba de pie, sonriente. Jean le lanzó una mirada cómplice esperando la siguiente pista para dar un nuevo giro a aquella extraña tarde.

Cuando el cerrajero consiguió abrir la puerta les dijo el precio en un susurro lleno de burocracia. Gabrielle sacó un par de billetes de su monedero. Pagó a aquel trabajador y los tres se despidieron. Aquel descansillo parecía más pequeño cuando trataban de adivinar qué pretendía decir la mirada del otro. Ella, tranquila y serena, avanzó hacia su puerta. Él, dubitativo y nervioso, esperó una despedida.

-Puedes pasar si quieres.-le indicó.

Jean sonrió triunfante, pero no demasiado confiado. Se aproximó a la puerta lentamente y echó un vistazo curioso a las primeras imágenes del interior de aquel piso que sus ojos le descubrían. Todo estaba desordenado de una manera irresistible. Como si cada rincón de aquel viejo apartamento parisino pretendiera murmurar que allí vivía una artista.

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Los cojines color pastel por el suelo, las cortinas que caen de manera irregular, unas zapatillas tumbadas en la alfombra, olor a velas aromáticas e incienso, fotografías de lugares recónditos de este mundo colgadas de las paredes…Jean siguió investigando. Las instantáneas de las mesillas recogían con dulzura los momentos más entrañables de la vida de Gabrielle. No podía observarlos con claridad, pero se podía distinguir su sonrisa tras el paso del tiempo en aquellos marcos de madera.

Gabrielle se descalzó y comenzó a rebuscar en su desorganizado salón. Jean se quedó quieto junto a la entrada.

-¿Quieres algo de beber?-preguntó la chica.

-No, tranquila…

El joven no podía llegar a comprender cómo una chica dejaba que entrase así en su vida. Ni siquiera se conocían. Sin embargo, sus conversaciones les habían acercado el uno al otro. Bueno, quizás ella había podido acercarse más a él, que no había parado de hablar apenas. Gabrielle seguía rebuscando.

-Con un poco de suerte, llegaré a la prueba.- explicó ella apurada.

-¿Cuánto tiempo tienes?

-Pues…si todo está en orden en mi reloj…una media hora. Tengo que ir al norte de la ciudad.

-¿Irás en metro?

-Probablemente…aunque prefiero la bicicleta. De todos modos, hoy no es buen día para paseos.-opinó y se rió.

Siguió cambiándose de ropa. Acelerada y sin ningún tipo de rumbo fijo. Jean aprovechó aquel instante para repasar con cautela los sobres abiertos en la mesita del salón. Aquella parte de las cartas siempre se la perdería. Un cartero solo entrega, nunca lee. Recordó el sermón de su jefe aquel primer día de trabajo, hacía unas semanas, cuando le insistió con firmeza que su empresa no permitiría fisgones. Por aquellos días, Jean no llegaba  a entender qué interés podía tener abrir las cartas de los desconocidos. Ahora, desde aquella posición tan peculiar, con su uniforme azul aún puesto, comprendió que podía llegar a ser muy tentador.

Sus pies comenzaron a funcionar solos al tiempo que su corazón palpitaba con fuerza. Los rayos del sol entraban delicadamente por las ventanas. Ventanas que daban a aquella terraza en que vio a Gabrielle por primera vez. Siguió avanzando lentamente. Ella seguía dando tumbos y tirando ropa entre el baño y la habitación. Avanzó un poco más. Sus finas y cálidas manos rozaron con cariño una de aquellas cartas. De pronto, la chica regresó a la sala de estar.

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-Por cierto.-exclamó.

Jean se sobresaltó y se apartó de la mesa.

-Dime.-disimuló.

-Siempre he tenido curiosidad. Si te doy una carta y la incluyes en la ruta…¿me ahorro el tiempo de buscar un buzón?

El chico se rió.

-Depende de si está dentro de mi ruta. De todos modos, creo que es más seguro que la mandes por correo. No soy la persona menos despistada del mundo.-apunto él.

Gabrielle se rió.

-Chico del correo, podrías haber sido muy útil.-bromeó ella.

Jean repitió en su mente aquel epíteto con el que le había bautizado “Jean, el chico del correo”. Sí, quizás ella le veía así. De hecho, poco podía discutir desde aquella postura y aquella vestimenta. La joven terminó de arreglarse.

-Lista.-afirmó.- ¿Nos vamos?

-Sí, por supuesto.

El joven la miró. Su forma de moverse seguía cautivándole poco a poco. Tragó saliva y se apartó para que ella pudiera alcanzar la puerta. Antes de cerrar, sacudió las llaves sonriendo para indicar que, esta vez, sí las llevaba. Bajaron juntos las escaleras, donde las conversaciones fueron caducando, dando paso a una reflexión individual acerca de cómo evitar perder aquel momento.

Jean buscó mil maneras de pedirle su número en apenas cuatro escalones. La emoción por haber conseguido conocerla se fusionaba con las ganas de repetir un encuentro como aquél. Pero ¿qué decir? Llegaron al portal, lugar tan conocido para Jean.

-Bueno…supongo que tendrás que irte a casa. Te he entretenido toda la tarde…lo siento.-se disculpó ella.

-No te preocupes. Era mi última parada y no iba a ser una tarde muy interesante.

-Tengo que irme…a…la prueba.

-Sí, claro, por supuesto.

Gabrielle le miró esperando algún tipo de pregunta por su parte. Al no recibir comentarios a su noticia, agarró el picaporte y abrió la puerta. Salieron a la calle e intentaron despedirse torpemente. Comenzó a alejarse lentamente. Un impulso dentro del chico le lanzó al vacío soltando un grito a la desesperada.

-¿Volveré a verte?-preguntó.

La chica se giró, medio difuminada en la calle.

-Quizás.-respondió.

El calor del asfalto abrazó su figura hasta hacerla desaparecer en el horizonte. Jean miraba a la calle sin pestañear. La luz del día seguía reluciendo de una manera intensa. Casi era como si estuviera adormilado. Su mente recopiló en forma de recuerdos aquellas imágenes que había generado lentamente en los últimos momentos. De pronto, algo le devolvió a la realidad.

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-Chico, chico.-decía una voz.

Jean miró a su lado. Era el vecino de Gabrielle, el anciano al que habían ayudado a subir las escaleras.

-Perdone.-respondió Jean.

-¿Vas a entrar?-preguntó el anciano que sostenía la puerta.

El joven vaciló un momento. Observó con detenimiento a aquel hombre. ¿Había salido de nuevo? Los pequeños y redondos ojos del vecino bajaron la vista. Jean siguió su trayectoria para ver a lo que se referían. Fue entonces cuando halló en sus manos su cartera, con aquel paquete. Aquel paquete que nunca había entregado, en realidad, a Gabrielle Arbouet.

CONTINUARÁ

María Reig

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