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Relatos cortos

Descubriendo a Gabrielle (Parte 1)

El sol relucía por encima de los áticos de aquel barrio parisino. Delicadamente rozaba la cornisa de los antiguos edificios confiriéndoles vida mientras ellos, inertes, observaban a los viandantes caminar. Olía a pan recién hecho, a baguette si apuras, olía a mañana, a rocío, a verano, a vida…Los colores dorados del amanecer se fusionaban casi a la perfección con los tejados de pizarra, oscuros, casi más amigos de noches anteriores.

Por detrás de alguna persiana mal bajada se escapaban las notas de una guitarra española, quizás presa de los creativos dedos de algún artista retirado hacía algún tiempo. A ella le acompañaba una radio, que entre interferencias y voces amigas, daba las noticias de las nueve a la ciudad. Los balcones parecían asomarse a la transitada calle que, abajo, era la única garante de que el tiempo seguía transcurriendo.

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Uno de ellos, no más particular que sus vecinos, daba directamente a una pequeña floristería que hacía esquina. Allí había visto a centenares de personas acudir diariamente a escoger aquella flor que supiera transmitir lo que sus palabras no les dejaban expresar. Enamorados que deseaban salir airosos de una primera cita, locos que buscaban un “sí quiero” tras un ramo de rosas, desesperadas parejas que ansiaban hallar el ramo perfecto, amigos que pretendían resumir toda una vida de aventuras y confidencias en unos cuántos tallos que significasen “sigo y seguiré aquí”, y tristes personas que veían reflejada la cara del último adiós en unas pequeñas florecillas insignificantes que poco podían arreglar en ese crudo instante.

Entre los pasos de tantas y tantas caras desconocidas que allí se daban cita día tras día, aparecía la de aquel chico. Su semblante, despistado, poca confianza daba a las cartas que le habían sido entregadas para llevar a sus destinos. Un chico del correo que se mimetizaba entre las gentes y pausadamente se paraba en cada uno de los portales escogidos. Llevaba apenas unas semanas desempeñando aquel papel, aquel oficio.

Desde entonces, vestía aquel uniforme de color azul marino que se había convertido en su seña de identidad casi de modo involuntario. A partir del segundo día, las amas de casa, afanadas a sus ventanas decoradas con bonitos geranios, ya sabían que cuando veían a aquel muchacho enfundado en su atuendo índigo quería decir que llegaba el correo. Sin embargo, poco sabían de él.

Su nombre era Jean-Marc pero todos sus amigos le llamaban Jean. Jean-Marc era el nombre que le había puesto su madre aquel día de diciembre en que abrió sus ojos marrones por primera vez para enfatizar cualquier orden o riña en el futuro. Estudiaba Derecho en La Sorbona desde hacía cuatro años. Nada particular ni original. Aquel verano había decidido trabajar como repartidor del correo para llevar un salario a casa. No eran tiempos fáciles para nadie, ni siquiera para las familias parisinas más pudientes. Así, Jean, se había enfundado en el uniforme y ahora caminaba por aquella transitada calle.

Jean destacaba por ser una persona que siempre veía más allá de lo que las cosas parecían mostrar. Si pasaba un coche de los años cincuenta, él directamente se trasladaba a aquellos tiempos y se preguntaba cómo sería su vida entonces. Si dos hombres discutían acaloradamente en un bar, él intentaba adivinar cuál era el motivo que les enfurecía. Si escuchaba una cancioncilla ligeramente escondida entre el murmullo de la multitud, él ansiaba encontrar el origen.

Quizás por ese motivo no pasó desapercibida aquella canción que se dejaba oír con delicadeza cuando se aproximó al portal número 9 de la calle. Era suave, elegante, bonita…Alzó la mirada intentando descubrir cuál de todos aquellos hacinados pisos era el responsable. Aquellos ojos marrones solo alcanzaron a vislumbrar una cortina blanca con pequeñas florecillas azules dibujadas que se movía al compás de la brisa de la mañana. Por detrás, la sombra de una chiquilla menuda que tarareaba aquella linda canción. Sonrió sin motivo. Sacudió la cabeza a los lados y, sabiéndose estúpido por querer comprender más, entró en aquel portal. El número 9.

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Empujó fuertemente la puerta al tiempo que la melodía le abandonaba. Dentro el ambiente era más fresco y agradeció aquel soplo de aire que le proporcionó el umbral. Se acercó a los buzones y comenzó a meter las cartas en su lugar correspondiente. No había dejado el tema a un lado. Su mente funcionaba al margen de su empeño por olvidar a aquella figura bailando tras la cortina. Estudiaba los nombres e intentaba recordar el piso exacto. Solo era curiosidad insana, típica de Jean.

Pasó uno a uno los sobres repasando las etiquetas de los buzones. Algunas estaban grabadas, otras escritas con letra mecanografiada y solo en algunos casos se habían escrito con bolígrafo. Casi no le sorprendió encontrar así anotado un nombre de una chica que vivía sola. La letra era bonita, desordenada, casi indescifrable, pero con un toque indiscutible de personalidad. Tuvo que esmerarse para averiguar el nombre exacto. Entrecerró los ojos al tiempo que se concentraba en leer aquella firma.

– Ga…ga…bri…¡Gabrielle! Gabrielle Ar…ar…arbo… ¡Gabrielle Arbouet! – murmuró emocionado.

Identificó la carta dirigida a aquella chica con facilidad. Gabrielle Arbouet…¿De dónde sería? No era un apellido de los más comunes en París. Habría llegado de algún departamento del sur. Miró el sobre. Era la factura de la luz. Poco podía saber de ella con ese contenido…Al fin y al cabo, todo el mundo paga la luz. Lo dejó caer en el buzón y decidió olvidar aquel entrometimiento absurdo en la vida de la pobre Gabrielle Arbouet.

Aquel día siguió repartiendo sobres que, pese a llevar escrito el nombre de su dueño, eran totalmente anónimos para Jean. Por la noche, se reunió con algunos de sus amigos de la escuela para tomar un par de cervezas en el Barrio Latino. Allí, su mejor amigo Thierry hablaba del maravilloso viaje a Mallorca que tenían entre manos. Explicaba todas las cosas que iban a ver mientras enfatizaba las noches de fiesta agitando el botellín que tenía en la mano.

– Y tías, seguro que hay muchas.-terminó diciendo.

-Pero Thierry ¿no va también Valérie? – le preguntó otro de los chicos, André.

-Sí, pero lo nuestro terminó hace un par de meses, ya está todo olvidado.-respondió.

-Quizás para ti sí, pero para ella…-murmuró Jean.

-Ella también…de hecho, fue ella quien me dejó. Tendrá que olvidarme en algún momento.

-Vamos Thierry, te dejó porque no parabas de tontear con sus amigas.-apuntó Claude.

-Eso no es totalmente cierto.- remarcó, botellín en mano.- Es demasiado celosa.

-¿Y ponerte a ligar con chicas en ese viaje es tu mejor idea?-preguntó el sensato de Jean.

-Mirad, somos dos seres libres. Yo soy un ser libre. Si Mallorca me da limones…haré limonada.-bromeó y comenzó a reírse.

Aquella frase bastó a Jean para comprender que no era la reunión más idónea para comentar sus fantasías con aquella chica de la cortina. Sin embargo, una parte de su cabeza seguía pensando en la música, el nombre, aquella letra tan peculiar…Vamos, quizás era una anciana y se había equivocado de piso. O una psicópata. O una mujer divorciada con cuatro niños. O una actriz enganchada a las drogas. Bebió un poco de su Heineken agobiado por sus suposiciones. El golpe en la espalda de su amigo Claude le devolvió a la realidad.

-¿Y tú qué? ¿Cómo van tus aventuras como cartero?-preguntó con cierto tono de mofa.

-Pues mejor que tu fantástico plan de pasarte el verano tirado en el sofá sin hacer nada.-respondió Jean.

-Vamos tío, sabes que te apoyamos en esa idea tonta que has tenido de trabajar, pero ¿no había nada mejor en el bufete de tu padre?-apuntó Thierry.

-Puede, pero para trabajar en ese horror de sitio ya tendré el resto de mi vida…Esto es una experiencia personal, sin ayuda.-dijo convencido.

-Vale, vale…tú sabrás, pero que sepas que este viaje a Mallorca no lo tendrás toda tu vida.-dijo su mejor amigo.

Obvió las críticas de aquel grupo de chicos. Él ni siquiera había tomado como una opción el bufete de su padre. Era como una especie de cárcel que le esperaba al término de su carrera. El final que tendría que llegar, tarde o temprano. Sin embargo, aquel verano podía conseguir dinero sin necesidad de hacer algo definitivo. Y es que la temporalidad tiene un misterioso y atractivo sabor dulzón.

En los siguientes días, los sobres volvieron a llenar aquella enorme cartera. Sus pasos los llevaban de nuevo hacia aquellos portales. El número 5, el número 11, el número 15 y, por supuesto, el número 9. Algunas mañanas no había correo para aquella calle, o para ese portal, ni siquiera para Gabrielle. Otros, sin embargo, le permitían acercarse a la figura desconocida de la cortina y seguir investigando acerca de quién podría ser.

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Las semanas fueron transcurriendo a un ritmo normal. El calor apretaba en las aceras y la ciudad perdía habitantes, que se iban a algún lugar de la costa de veraneo, al tiempo que ganaba turistas. Jean fue indagando a través de sus ojos y de los remitentes de las cartas de Gabrielle. A las dos semanas había llegado a algunas conclusiones.

Era de Burdeos. La mayoría de los emisores de las cartas eran de aquella ciudad. Podía afirmar que era porque los señores Arbouet, que debían de ser sus padres, le habían escrito en dos ocasiones desde allí. Otro dato que consiguió averiguar fue que era estudiante. Muestra de ello eran algunas cartas de academias de música e incluso una de la Universidad. Las facturas poca información aportaban. Al parecer solo podían esclarecer que seguía viva y realizaba las funciones básicas de cualquier inquilino.

Con el paso del tiempo, comenzó a tener una imagen de Gabrielle algo más nítida. No conocía su rostro ni el color de sus cabellos, pero más o menos tenía una idea acerca de su vida. Era absurda aquella situación. Pasaban los días y él acudía, de vez en cuando, al portal. Se afanaba a los pocos datos que sus sobres le daban hasta la próxima ocasión en que cruzaba el umbral de aquella puerta de hierro y madera.

Un día, decidió contarle a Thierry aquella extraña obsesión que tenía. Daban un paseo por Montparnasse. Su amigo escuchó atentamente las indagaciones que había hecho y la lógica pregunta no se hizo esperar:

-¿Pero la has visto?

-No, tío, no. No la he visto…Te estoy diciendo que es como una especie de inspiración extraña. Sé que detrás de aquella cortina debe haber una chica maravillosa, pero no sé cómo lo sé. –intentó explicar Jean.

-No te entiendo… ¿Has visto una sombra y crees que es la chica de tus sueños?-preguntó incrédulo.

-¿La chica de mis sueños? No, solo tengo curiosidad. Vamos, es una estupidez, no tendría que haberte contado nada.- se avergonzó.

Thierry se echó a reír. Se subió a un banco de un salto y caminó por encima mientras reflexionaba sobre la peculiar historia de su amigo.

-Yo solo digo que si tanto interés tienes, deberías llamar a su puerta.-apuntó.

-¿A la puerta? ¿Estás loco? ¿Y qué le digo? ¿Hola soy el chico del correo y estoy obsesionado contigo? Quedaría encantador…

Thierry volvió a reírse.

-Cuánto tienes que aprender, querido Jean. Desde tu historia con Pauline estás en baja forma…

-Deja a Pauline fuera de esto.-murmuró molesto.

-Mira, eres el chico del correo. Invéntate cualquier excusa.

-¿Cómo cuál?

-Si le llega un paquete, subes y se lo das en persona. Dile que es política de empresa. Y llévate una libreta para que firme.

-Tus ideas son retorcidas, Thierry. ¿Sabes qué? Voy a dejarlo estar, sí. No pienso subir y mentir. Se me está yendo de las manos.

En su subconsciente esperaba que aquel paquete llegase en algún momento. Había jurado dejar el asunto a un lado, pero no podía evitar desear subir aquellas viejas escaleras. Las excusas y oportunidades de llamar a su puerta se hicieron esperar algunas semanas. Decidió irse olvidando del tema poco a poco. Incluso en seis días no tuvo que acercarse al portal. Estaba satisfecho de sí mismo porque había dejado de sentirse un chiflado que iba leyendo las cartas ajenas. Quizás no valía para ese oficio y su amplia curiosidad le había jugado una mala pasada.

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Entonces, un día, las cartas para el portal 9 regresaron a su cartera. Iba despistado, intentando no dar más importancia de la que tenía a aquella parada. Incluso estaba dispuesto a entrar y salir sin pensar. Sin embargo, algo distinto le esperaba. Cuando sus pasos le llevaron hasta aquel antiguo bloque de pisos, volvió a escuchar el leve tarareo de una bonita canción. Decidió mirar hacia arriba y entonces la vio. Era ella. Asomada al balcón del piso. Las cortinas, tras ella, rozaban sus piernas mientras fumaba mirando al horizonte. Era delgada, tal y como las sombras ya le habían informado, y aún vestía el pijama. Ni muy alta ni muy baja, sus cabellos castaños quedaban desigualmente recogidos en un moño mal hecho. Tenía la piel clara y los ojos grandes. Jean lo había decidido: era interesante, delicada y extrañamente hermosa. Su letra hacía justicia a su imagen. Sin saber muy bien por qué se sonrojó. Un vecino le llevó de vuelta al mundo real.

-¿Va a entrar?-le preguntó mientras le sujetaba la puerta del portal.

Él sacudió la cabeza y agarró el picaporte.

-Sí, gracias.-respondió con un hilo de voz.

Estaba hecho. Había logrado poner rostro a la chica misteriosa de la cortina, a la anónima Gabrielle Arbouet. No pudo evitar echar un último vistazo a las cartas que le llegaron aquel día pese a que se había prometido dejar de hacerlo. Facturas, carta de alguien de Bélgica y…de su ¿hermano? Sí, se apellidaba igual. La carta llegaba desde Annecy. Quizás estudiaba allí. Suspiró al verse envuelto de nuevo en aquellas investigaciones y soltó definitivamente los sobres en el buzón.

Con un rostro que dibujar en su mente, cuando los motivos para pensar en cualquier otra cosa caducaban, era más complicado dejar el tema estar. Su manía de indagar hasta las últimas consecuencias repiqueteaba en sus orejas, como un viento suave en el agobiante calor veraniego. Saludaba a los vecinos que encontraba en el portal con la esperanza de hallar, algún martes por casualidad, aquellos ojos grandes de Gabrielle. Incluso se imaginaba que se cruzaban sin darse cuenta por alguna de las transitadas calles de la capital. Thierry y algunos de sus amigos se despidieron y tomaron rumbo a las Islas Baleares. La soledad enfatizó las horas que dedicaba a pensar en aquella fantasía sin más fundamento que un puñado de remitentes al mes.

Una mañana, ni siquiera más particular que otra, tal y cómo sucede en las buenas historias, llegó la hora de la verdad. Recogió en la oficina central todos los paquetes y sobres que debía entregar durante su jornada. Aquel día observó de frente las horas que le quedaban entre puertas y buzones con cara de pocos amigos. Resopló al meter el penúltimo paquete en la bolsa sin siquiera reparar en el destinatario. La mañana siguió avanzando. El sol coronaba la ciudad, como reina merecedora de una tiara a su altura, mientras Jean cumplía objetivos.

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El portal número 9 le esperaba allí, quieto, expectante. Jean se acercó con determinación. Lanzó desganado los sobres en las aberturas de los buzones de aquellos vecinos. Entonces se dio cuenta de que había un paquete para aquel portal. Lo sacó con cuidado y leyó aquel melódico y misterioso nombre: Gabrielle Arbouet. Se puso nervioso. Dudó en llamar a Thierry para pedirle consejo ya que, al fin y al cabo, la idea había sido suya. Después calculó el coste de la posible llamada a España y el interés se disipó. Tosió tontamente mientras miraba hacia los lados, nervioso. Alguien entró. Un hombre de unos sesenta años y su bulldog francés, llamado Tito. Les saludó amigablemente. Buscó algún  papel y bolígrafo en donde firmar. Nada. Era una excusa horrible, pero debía intentarlo. Se peinó en el espejo que había en una de las paredes y subió.

CONTINUARÁ…

María Reig

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