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Relatos cortos

Del todo a la ¿nada?

– ¿Qué? – pregunté sorprendida.

No podía creer lo que me estaba sucediendo. Estas cosas no solían pasarme a mí. Aquella no debía ser mi historia. No podía serlo. Mientras me intentaba convencer de estas tres frases, me mantenía inmóvil sentada en aquel sofá color crema. En la habitación no se hallaban las respuestas a mis preguntas. Y tampoco esperaba encontrarle sentido a todo aquello. En mis ojos no había lágrimas. Mis manos no sudaban. Mi voz no salía de su captura infernal en mi garganta. Solo podía seguir respirando, de forma entrecortada, mientras le miraba. Sí, a aquel chico que había sido mi todo y me comunicaba ahora que tenía la firme intención de pasar a ser mi nada.

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Le recorrí de arriba abajo con mis ojos grises unas cien veces. Él tampoco hablaba. La valentía se le había agotado al terminar de contarme sus nuevos planes. ¿Qué debía hacer yo ahora? ¿Aceptar sus condiciones? ¿Jugar a sus juegos? ¿Bajar la cabeza y dejar que él decidiera? Me rasqué la pierna, moviendo las medias de color granate con delicadeza.

Aquel silencio era una batalla por un futuro que antes era seguro y que ahora me acechaba, incierto, por detrás de la nuca. Alcé la vista para buscar su cara una vez más. Allí seguía. Sentado en la silla delante de mí, como si fuera una niña pequeña a la que le hubiera contado que la magia no existe. Y ese mismo efecto había tenido sobre mí su noticia. Como si acabara de darme cuenta de que la magia es un invento para críos, como si terminara de descubrir que los cuentos de hadas nunca se hacen realidad.

– Lo siento…-murmuró arrepentido.

Tragué saliva con dificultad. Busqué mi voz por los recovecos de lo que me quedaba de dignidad. ¿Dónde se había metido ahora que tanto la necesitaba? A duras penas logré abrirme paso entre mi desconcierto y mi temor.

-No entiendo nada…-dije al fin.

Bajó la vista. Mi cabeza retumbaba con tanta información nueva. Datos que habían llegado aquel viernes, en el salón de casa de mis padres. Debía haber sido una velada tranquila. Una película regular, pedir algo de comida, nada especial. ¿En qué instante había cambiado la historia?

-No sé, Sara, estas cosas pasan a veces. Tampoco sé decirte el porqué. Llevo pensándolo desde hace meses, pero no he encontrado el momento de decírtelo.

El desconcierto se había transformado en una especie de descontrol y furia.

– ¿Llevabas queriendo dejarme desde hace meses?

Se hizo un silencio incómodo, asfixiante, cobarde…

-No te estoy dejando, Sara…Solo te estoy pidiendo algo de tiempo. Ahora mismo me cuesta un poco pensar en nosotros como pareja, no siento que te necesite. Pero tampoco sé si dentro de cuatro días me arrepentiré…

Por una retorcida y terrible razón sus últimas palabras me sonaron a esperanza. Mi cuerpo y mi mente reaccionaron positivamente ante ellas. Y en el fondo, no había nada bueno en todo aquello.

-¿Y me pides que espere?-pregunté confundida.

-Yo eso no te lo puedo pedir…entendería que no estuvieras si vuelvo. Pero ahora mismo no puedo seguir con todo esto.

-¿Y te diste cuenta de todo, antes o después de tomar la decisión de irnos a Madrid?

-Por favor, no me lo hagas más difícil.

Y me sentí culpable. ¿Estaba siendo dura? Tosí y opté por el camino erróneo en este tipo de conversaciones. Me levanté y me acerqué a él, esperando que aquello le enterneciese, le hiciera recapacitar, como si su decisión hubiera sido banal, anodina, como cuando escoges el tamaño de tus palomitas en el cine.

-¿No podemos arreglarlo?- le pregunté mientras me ponía de cuclillas al lado de su silla.

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Echó la vista a un lado, evitando que mi inocencia le hiciera sentir más culpable. Aun así le quedó un resquicio de compasión por su ya exnovia que le llevó a tomar mi mano. Sus dedos robustos contrastaron con la delgadez blanquecina de los míos. Mis uñas recién pintadas para la ocasión se mantenían impasibles ante el cambio de rumbo de la noche.

-Ahora mismo no puedo seguir con esto.- musitó sin alzar la mirada.

Sin saber hasta dónde llegaba el atrevimiento de mis palabras, me lancé al vacío y decidí aventurarme en aquella maraña de sentimientos y nuevas verdades que se cernía sobre mi realidad.

-¿Hay alguien más…?- tanteé con un hilo de voz.

Abrió, ahora sí, aquellos ojos extraños como platos. Parecía incluso ofendido con mis suposiciones.

-No, no…no hay nadie. Nadie. ¿Cómo puedes pensar eso?

Y volví a sentirme culpable. Las palabras vacías que siguieron a aquella conversación apenas tuvieron sentido. Y allí me quedé, sentada en el salón de mi casa, sola…Más sola de lo que nunca me había sentido. Más perdida que en aquellos instantes de mi adolescencia en que decidí mal y me arrepentí peor. Y eso que había cumplido con todos los requisitos de una buena chica, a golpe de convencionalismos. Quizás por eso me extrañaba tanto que aquello me estuviera sucediendo a mí.

Tumbada en mi mullida cama intentaba desenmascarar la auténtica razón de todo aquello. Miraba a mi gran amigo el techo, siempre presente en mis más agudas reflexiones. Mi madre tocaba de vez en cuando a la puerta de mi habitación, con una clara intención de hacerme ver que la vida no se había terminado. Hay que ver qué poca consideración se tiene con una persona deprimida y con ganas de revolverse en su propia miseria. Solo pedía unos cuántos días para llorar mi desgracia, para criminalizar al género masculino y, en definitiva,  para compadecerme de mí misma.

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Así, analicé casi un millar de veces mis últimos días con Eduardo. Mis últimas palabras. Mis últimos enfados inútiles. Las veces en que quizás fui demasiado cariñosa, las que no le necesité y le ofendí, las que me pasé de lista. En realidad, las escrutaba desde la más cruel de las críticas, a sabiendas de que mi pretendida respuesta estaba entre mis actuaciones. Yo tenía la culpa de que me hubiera dejado.

Quizás era demasiado alta. Demasiado seria. Demasiado friki de coleccionar entradas de cine. Demasiado retorcida en mi sentido del humor. No, espera, quizás era por mi pelo. Debía habérmelo teñido de otro color que me favoreciera más…aquel castaño era tan poco original...

Toda esta ristra de veredictos tuvo repercusión sobre mi autoestima, que caducaba con cada día del calendario. Mi apariencia no pasaba por uno de sus mejores momentos, todo hay que decirlo, y no presté demasiada atención a mis conjuntos estilísticos para ir a las últimas clases del curso. Alguna de mis amigas incluso me recomendó “tirar de una vez aquella sudadera roñosa que tenía por uniforme”. De acuerdo, llevaba más de ocho días seguidos con ella, pero era mi último recurso para gritarle al mundo que era una desgraciada.

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Un día, después de clase, me miré en el espejo de cuerpo entero de mi cuarto. Siempre había sido alta y desgarbada, pero en las últimas semanas había perdido algo más de peso. Mi aspecto era lamentable. Comencé por mis pies. Las zapatillas dejaban ver mis finos tobillos en los que llevaba una tobillera que me había comprado hacía años en una playa de Cádiz. Subí por mis vaqueros pitillo que pronunciaban la delgadez de mis piernas hasta llegar a aquel saco con capucha al que había concedido toda la representación de mi armario. Me lo quité de golpe, sin pensar. Debajo quedaba, bastante más apretada, una camiseta blanca que no cubría ni mis hombros ni mis brazos. Los observé, finos, largos, tensos.

El cuello, con aquella cadena que Edu me había regalado, daba paso a mi cara. Mis facciones eran dulces. Tenía los ojos alargados, de color gris. Mi nariz, correcta, nunca había llamado la atención de nadie.

Mis labios, carnosos, permanecían allí pese a su recién estrenada soledad. Acerqué uno de mis dedos a mi labio inferior y lo acaricié. Al fondo, una música tranquila me acompañaba en aquel redescubrimiento que, con lentitud, pretendía acercarme a mí misma. Mi mano bajó por mi cuello hasta alcanzar aquel colgante y, como había sucedido con la sudadera, lo arranqué de golpe.

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Entonces, caí en la cuenta. Había activado la maquinaria de la autodestrucción contra la única persona a la que debía proteger, contra mí misma. Antes de mí, hubo otros muchos Eduardos. Quizás aquel Edu, al que había creído mi mitad, mi complemento, no sería el último en mi vida. Habría más. O quizás no. Pero, ¿por qué le estaba otorgando a él la patente de corso en todo aquel asunto? ¿Por qué yo era la única responsable? ¿Por qué yo debía ser peor sin él? No, no. Yo era yo sin él.

Sara Núñez era en sí, no en función de quien tenía al lado. Sí, podía echarle de menos, podía lamentar no haberme dado cuenta de que no era mi compañero de viaje (si es que había decidido que quería uno para esta vida que se me había concedido hacía veintiséis años), podía pasar un duelo emocional, podía enfadarme por su falta de tacto, podía arrepentirme de algunas de mis actuaciones, pero ¿cuestionarme, criticarme, resetearme como un muñeco roto al que nadie quiere porque una sola persona haya decidido que no soy apta para ella?

Devolví mi mirada  grisácea al espejo y me encontré con aquella chica desconsolada, con aquella figura injusta que había concedido la única verdad admisible a aquellos labios que la habían rechazado. Sí, habría muchos Eduardos en su vida, en la de otros, en el mundo, pero aquella joven inteligente, maniática, friki, amigable, fiel e imperfecta no hallaría a nadie más que gritara por sus derechos, por sus sentimientos, por sus emociones más que a ella misma. A esa mujer frente al reflejo que, cuando se recuperara de aquel golpe, volvería a ser propietaria de su sonrisa, un privilegio que no volvería a vender.

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María Reig

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